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01/02/2012

Hernán Pérez del Pulgar al asalto de Granada

Nació en Ciudad Real en 1451 y participó en la campaña de Granada, que daría fin a tantos siglos de dominación árabe en la península. Fue siempre un hombre recto y poseedor de un valor audaz, casi temerario. Curtido en las duras batallas que dieron fin a la Reconquista,  destacó sobre todo por su asalto nocturno el 17 de diciembre de 1490 a la amurallada ciudad de Granada al mando de un selecto grupo de lo que hoy llamaríamos fuerzas especiales.

Hernán Pérez del PulgarRopajes negros, embozados, se dirigen hacia Granada apartándose de los caminos, por barrancos y montes cubiertos de nieve. Trapos en las espadas y dagas para hurtar el más mínimo sonido al enemigo. Son diecisiete jinetes que avanzan despacio, callados, rumiando cada cual sus asuntos. Quizá Hernán, maestro de la guerra psicológica, recuerda la hazaña que protagonizó ese mismo año. Cuando sitiado en Salobreña por las tropas de Boabdil, sin agua, los pozos y los hombres agotados, ante la petición de rendición por parte del rey moro, por toda respuesta lanzó el último cántaro de agua desde las murallas de la ciudad. El temor ante la determinación de los españoles cundió entre las tropas enemigas pudiéndose quebrar el cerco cuando vieron a Hernán y sus caballeros avanzar hacia ellos tras abandonar la seguridad de las murallas.

Agita Del Pulgar la cabeza. No puede permitirse perder la concentración. Aprieta las mandíbulas para evitar el castañeteo de los dientes. Es una dura noche sin luna de diciembre. La oscuridad es absoluta, muy a propósito para sus negocios. Acompañan a Hernán quince caballeros y su escudero Pedro. Todos, los diecisiete, soldados profesionales, curtidos y serios. Cruzan el río Darro con el agua llegando al pecho de los caballos; entumecidos, se paran, desmontan y caminan en un intento vano de entrar en calor, la noche es gélida, el campo cruje bajo sus pies. Los caballos resbalan. Están casi bajo las murallas de Granada, Hernán ordena a sus hombres dividirse, según el plan cudadosamente trazado, nueve  hombres se quedan al cuidado de los caballos, cubriendo la retirada.

Delante del grupo restante avanza como guía Pedro del Pulgar, moro converso al que Hernán protege. Caminan sin hacer ruido por las faldas de la muralla. Entran en la ciudad por el portillo cercano a la torre de Bib-Altaubin. Siempre guiados por Pedro recorren las enredadas calles oscuras hasta que llegan a la mezquita mayor. Parado delante de sus hombres, Hernán se persigna,  los caballeros observan atentos cómo se gira, desembaraza una daga de la capa y con las mismas clava un pergamino de grandes dimensiones que reza "AVE MARÍA, Sed testigos de la toma de posesión que realizo en nombre de los reyes y del compromiso que contraigo de venir a rescatar a la Virgen María a quien dejo prisionera entre los infieles". No contentos con la audacia, en el corazón del enemigo, prenden hachones de cera, los dejan frente al portalón de la mezquita y todos se arrodillan a rezar.

Queda mucha noche. Se dirigen a la Alcaicería a la que prenden fuego. El humo y ruido alertan a los centinelas que corren hacia al origen del sonido. Hernán se para y piensa en rendir cuentas allí mismo y que sea lo que Dios quiera. Calma su ímpetú la seguridad de sus hombres y raudos emprenden al huída, pero les cercan y se ven señalados por espadas, lanzas y dagas que les superan en número. Fiándolo todo al coraje lanzan mojadas desesperadas y consiguen salir con bien, rompiendo el círculo mientras acuchillan a ciegas al tiempo que se escurren entre los bultos que quedan en pie. La ciudad entera está despierta y parece que al menos la mitad de ella los persigue; se cuelan entre callejas, pegados a muros y paredes, sin hablar, simplemente gruñendo bajo, cansados.

Son profesionales y han hecho promesa de no dejar "presa viva" que pueda caer y sufrir el rigor de las torturas del enemigo. Un caballero cae al foso en el último momento. Paran todos y el caído les insta a que lo maten sin trámites ni dilación. En el último momento, cuando los moros doblan la última esquina, consiguen sacar al hombre de la poza y corren como nunca en sus vidas hacia los compañeros que guardan la huída. Suben a las monturas y a uña de caballo se alejan hacia el campamento cristiano de Santa Fe.

La hazaña es muy celebrada. El rey Fernando El Católico le concede un nuevo castillo que lucir en su escudo y el derecho a que sus restos descansen en la que será nueva catedral de Granada una vez que consagren la gran mezquita.

Hernán muere con ochenta años en Granada el 11 de Agosto del año 1531. Será enterrado, tal y como el rey le prometió, en la Catedral en la que clavó el pergamino que la reclamaba para sí.

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