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24/01/2012

La carrera del Glorioso

Pedro Mesía de la CerdaHan pasado cuatro años y un Rey desde la fabulosa hazaña de Blas de Lezo en Cartagena de Indias. Reina ahora en España Fernando VI tras la muerte de en 1746 de su padre, Felipe V. España es un animal herido y cansado, pero todavía resulta un contrincante temible. Su fuerza se sustenta en una poderosa armada mandada por marinos ejemplares que mantienen expeditas las rutas del Mediterráneo Occidental donde fomentamos una muy provechosa relación comercial con el reino de Nápoles. También con las Filipinas, donde el comercio y la comunicación es permanente. Y, naturalmente, con los distintos virreinatos americanos.

 

España vive en el mar y del mar vive. Y el mar es surcado por otras potencias, principalmente Holanda, Francia e Inglaterra, con las que a menudo guerreamos, son frecuentemente traidoras y siempre hostiles. La flota española a duras penas puede cumplir con el objetivo de proteger el tráfico marítimo. Su estado es lamentable, el Marqués de la Ensenada, secretario de Hacienda, Marina e Indias, se propone modernizarla y ampliará la capacidad de los astilleros de Cádiz, Ferrol, Cartagena y la Habana. En el momento que transcurre la acción, su ambicioso plan no está finalizado.

En la mañana de un día de verano de 1747, Pedro Mesía de la Cerda, un experto marino cordobés de cuarenta años, se echa a la mar al mando del moderno navío de línea de la Real Armada Española Glorioso, de 70 cañones. Sus ordenes son claras, debe llevar a España un cargamento de cuatro millones de pesos en plata a toda costa.

Los movimientos del buque español no han pasado desapercibidos para los ingleses, siempre prestos al menoscabo. Un barco solitario, repleto de plata, es una presa indefensa y codiciada. Comienza la caza. Días después de abandonar la seguridad del puerto, el Glorioso se encuentra cerca de las Azores, cubre el mar una niebla espesa. Pedro Mesía distingue con dificultad varios mercantes ingleses. Al mediodía, la niebla se disipa. Los mercantes no navegan solos. De la Cerda divisa tres buques de guerra: el navío de línea Warwick, de 60 cañones, la fragata Lark, de 40 cañones, y un bergantín con 20 cañones.

Las órdenes de Pedro no admiten ni discusión ni duda. Debe llevar el cargamento intacto a España, cueste lo que cueste. Ordena soltar todo el trapo, vira y huye rápidamente. Pero los ingleses lo han visto, es una presa fácil y se lanzan sobre ella. Don Pedro sitúa la nave a barlovento, no quiere arriesgarse a perder la carga ni a poner en peligro a sus hombres.

Los ingleses mandan al veloz bergantín a atosigar al buque español, con la intención de desarbolarlo y dejarlo sin posibilidad de maniobra. De la Cerda ordena trasladar piezas de artillería a popa y lo mantiene a raya. El bergantín se retira, los hombres del Glorioso aprovechan para comer y descansar sobre sus armas y aparejos.

La primera escaramuza se ha saldado sin verdaderos daños, pero De la Cerda comprende que el combate es inevitable por lo que pone al Glorioso de costado para presentar batalla con su artillería. La rápida fragata Lark se destaca, abre fuego sin grandes consecuencias. Contestan los artilleros españoles, mejor entrenados, la andanada, eficazmente colocada, destroza al Lark que se retira con graves destrozos.

El sacrificio del Lark no ha  sido en vano, el Warwik ha podido situarse en posición de combate. El capitán español ordena virar en redondo para presentar la banda no dañada por el cañoneo con la fragata. La lucha es enconada, después de batirse toda la noche, el Warwik pierde el palo mayor y se retira renqueante, el aparejo destrozado. El buque español ha quedado también muy dañado; a los cinco muertos hay que sumar los 44 heridos, impactos de bala de cañón en el casco y daños en velamen y cabos. Ante las pérdidas y el temor a que hubiera más buques ingleses en la zona, Don Pedro decide evitar la persecución del inglés y se aleja de la zona. Crooksanks, capitán del Warwik será juzado por el Almirantazgo Británico, sometido a consejo de guerra por negligencia en combate y denegación de auxilio, declarado culpable y expulsado de la Royal Navy.

El 14 de agosto, De la Cerda divisa ya la costa de Finisterre, respira aliviado, a pesar de los esfuerzos de la tripulación por arreglar la nave, los daños son excesivos. Barriendo el horizonte con el catalejo distingue con temor tres buques, el navío de línea Oxford, de 50 cañones, la fragata Shoreham, de 24 cañones, y el bergantín Falcon, de 20 cañones. Esta vez los ingleses no se paran en florituras y el navío de línea enemigo se dispone a batirse con la nave española. Los artilleros españoles disparan con más acierto, el gobierno del buque, más oportuno; tras tres horas de intenso cañoneo, el buque inglés se retira enormemente quebrantado. Las naves inglesas ligeras,el Falcon y el Shoreham, se lanzan a por el debilitado Glorioso. La pericia de De la Cerda y el tesón de los marineros permiten a la nave herida zafarse de sus perseguidores.

El 16 de agosto el Glorioso atraca por fín en el puerto de Corcubión. Los daños son enormes, el bauprés destrozado, las vergas y las jarcias rotas, la popa desvencijada. De la Cerda lamenta sobre todo las numerosas bajas.

El pequeño puerto donde el Glorioso está atracado no cuenta con los medios suficientes como para arreglarlo, de manera que De la Cerda se dirige a El Ferrol. Sin embargo, el viento, muy fuerte, afecta gravemente al aparejo. Sin otro remedio, la nave vira con dirección a Cádiz.

 

El Glorioso

El Glorioso atacando al Russell durante su último combate. A la izquierda, el Darmouth hundido, y a la derecha una fragata corsaria.


La ruta hacia el Sur es muy peligrosa. Para evitar un encuentro con buques británicos que podría resultar mortal, Don Pedro Mesía mantiene el barco lo más alejado posible de la costa de Portugal. Consigue pasar en medio del mar plagado de ingleses, pero al doblar el cabo de San Vicente se topa con cuatro fragatas corsarias inglesas. La llamada Royal Family, por los nombres de las naves, King George, Prince Frederick, Princess Amelia y Duke. Suman 960 hombres y 120 cañones.

Don Pedro y sus hombres se aprestan a la batalla, toman posiciones en las baterías y agarran con fuerza los mosquetes. El primer buque inglés en entablar combate es el King George, el buque insignia. La primera salva española es devastadora, le destroza el palo mayor y le destruye cuatro cañones. El buque inglés soporta tres horas de cañoneo inclemente sin capacidad de maniobra.

El humo aún no se ha disipado cuando las restantes fragatas inglesas se acercan. De la Cerda consigue maniobrar su dañada nave y mantiene las distancias. Se acerca también el Dartmouth, al mando del capitán John Hamilton que consigue dar alcance al Glorioso. Las fragatas se acercan también y son las primeras en abrir fuego. El Glorioso las hace huir a costa de serios daños. El Dartmouth, vira, situa su banda y dispara una andanada. La respuesta no se hace esperar y una ajustada salva del navío español barre al buque inglés. Los disparos se suceden hasta que un afortunado cañonazo español hace blanco en la santabárbara del enemigo. Estalla en mil pedazos y se hunde rápidamente.

El renqueante buque español se dirige a la seguridad del puerto gaditano, pero el 18 de octubre se topa con el Russell un enorme y magnífico navío de tres puentes y 80 cañones, le escoltan las tres fragatas ya repuestas del enfrentamiento de días previos.

Los cuatro barcos abren fuego contra el Glorioso. Desarbolado, inmovil en el agua, resiste heróicamente toda la noche del 18 al 19 de octubre. Las pérdidas son inasumibles, la tripulación hace horas que se encuentra más allá de todo agotamiento y no tienen munición. En la mañana del 19 de octubre, con 33 muertos y 120 heridos a bordo, Don Pedro decide arriar la bandera. El Glorioso se rinde.

Los prisioneros españoles fueron objeto de toda suerte de honores y de admiración por parte de sus enemigos ingleses. Ya de vuelta a España, De la Cerda fue ascendido a Jefe de Escuadra. La tripulación española mereció los más altos reconocimientos.

¿Y el fabuloso tesoro que trasportaba el Glorioso? De la Cerda lo desembarcó en Corcubión, el primer puerto donde atracó. Los ingleses no pudieron hacerse con el codiciado botín y Don Pedro Mesía de la Cerda cumplió con la misión encomendada.

De la Cerda hubo de ocuparse más tarde de la limpieza de piratas y contrabandistas que infestaban las costas americanas. Todo ello le valío el ascenso a Teniente General de la Real Armada y el nombramiento con 61 años como virrey de Nueva Granada (actuales Venezuela y Colombia). Y no lo hizo mal, a diferencia de tantos otros.

Don Pedro volvería a Madrid en 1773, cansado y anciano.  Aún viviría diez años más. Por fortuna, la muerte le privó de presenciar el desastre de la flota combinada en Trafalgar.

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19/01/2012

Blas de Lezo, el marino que surgía de entre la niebla

Paseando por Londres podemos disfrutar del barrio de Portobelo y admirar en la magnífica Abadía de Westminster la tumba del Almirante Edward Vernon. Otro héroe, casi olvidado en las lindes de la historia, podría reclamar tales honores para sí. Y es que toda gesta palidece ante sus hazañas.

Blas de LezoBlas de Lezo y Olavarrieta nació en Pasajes el 3 de febrero de 1689, en el seno de una importante familia con ilustres antepasados. Se trasladó a Francia a recibir educación hasta el año 1701. El rey Luis XIV había dispuesto que debía aumentar el intercambio de oficiales y conocimiento entre las armadas española y francesa. Se embarcara con apenas doce años como guardiamariana al servicio de Luis Alejandro de Borbón, conde de Tolouse.

Los primeros años del Siglo XVIII contemplaron en España el final decadente de una dinastía secular. Carlos II fue el último de los austrias. Sucesivos matrimonios endogámicos en la familia real dieron como resultado un fruto incapaz y estéril. Intereses encontrados condujeron a Europa a una guerra inevitable, la Guerra de Sucesión, Austria, apoyada por Inglaterra, se enfrenta a España y Francia.

Navegando por la costa, frente a Vélez-Málaga, se produce la que será la batalla naval más importante del conflicto. Un Blas de 15 años, a bordo del Foudroyant, se bate de forma admirable, destacando entre todos por su frialdad y temple. En tal grado poseía tan tempranamente esas virtudes que habiendo una bala de cañón destrozado su pierna izquierda, permanece en su puesto, demostrando arrojo y coraje. Las condiciones médicas en los buques eran horrendas, colocan al joven sobre una mesa pegajosa de sangre y orina y el cirujano le corta la pierna por debajo de la rodilla. Blas no profiere ni un grito tan solo un largo suspiro por todo lamento. Su excepcional desempeño y enorme valor no pasaron desapercibidos y es ascendido a Alférez de Bajel de Bajo Bordo por Luis XIV y se le ofrece ser asistente de cámara de la corte de Felipe V.

Lezo necesitó una larga recuperación para reestablecerse de sus heridas. La corte no le satisfacía, y en 1705, deseoso por echarse a la mar, embarca de nuevo. Aprovisiona las asediadas Peñíscola y Palermo, hostiga al comercio Genovés y se enfrenta al orgullo de la flota británica, el Resolution, que se rinde ante Lezo. Son constantes las presas y victorias contra los ingleses mientras patrulla el Mediterráneo, haciendo gala siempre de una bravura extrema.

En 1706, se le requiere con urgencia para que socorra a la sitiada Barcelona. Sorprende a los ingleses una y otra vez, entrando y saliendo del cerco. Prende paja húmeda para que el espeso humo le sirva de pantalla para sus operaciones mientras se cuela siempre por los huecos más inesperados. Improvisa munición con cascotes y metralla fina que incendia los mástiles y aparejos del enemigo.

El duque de Saboya ataca Tolón y los servicios de Blas de Lezo son de nuevo requeridos. Se distingue combatiendo desde la fortaleza de Santa Catalina en dura pugna contra los saboyanos. Se libra por poco del impacto de una bala de cañón, pero una esquirla al impactar esta contra un muro lo hiere en el ojo izquierdo y pierde la vista en ese lado. Es ascendido a Teniente de Guardacostas.

Combate contra el Stanhope

Combate contra el Stanhope.

Blas de Lezo no rehuía el combate con buques de dimensiones y armamento superiores. Sabedor de que no podía entablar con ellos combate artillero, se vale de su valor y de la osadía de sus hombres para maniobrar inteligentemente y situarse a distancia de abordaje. Una vez anclados los garfios todo se fía al valor y al terror de una batalla cuerpo a cuerpo. De esta manera, en 1710, al mando de una fragata logra apresar a once navíos ingleses, incluido el Stanhope, una espléndida nave que lo triplicaba en tamaño. Incapaz de hurtarse al combate, Lezo es de nuevo herido. Alcanza el grado de Capitán de fragata.

Ya era Capitán de Navío en 1713, cuando se inició uno de los últimos y más reñidos episodios de la Guerra de Sucesión: el sitio de Barcelona, que duraría hasta el 11 de septiembre de 1714. Allí, Lezo perdió el brazo derecho. La situación se vuelve desesperada durante el combate y decide quemar parte de su escuadra para poder huir enmedio de la humareda. Blas tiene 25 años y es tuerto, cojo y manco.

Restablecido de sus heridas, en 1715, al mando del Nuestra Señora de Begoña avanza con una flota a reconquistar Mallorca que se rinde sin ofrecer resistencia.

En 1720 se le encomienda la misión de participar en la limpieza de piratas y corsarios en el Caribe. Su desempeño es excelente. Le falta una pierna, pero cuenta con otra de madera, un solo brazo útil, perfecto para señalar objetivos y un solo ojo, dispuesto para apuntar con precisión. Sus carencias le hacen merecedor del apodo de mediohombre, mezcla de irreverencia y respeto por la parte de sí que se dejó en combate. En 1723, es ascendido a General de Armada y es puesto al mando de la escuadra española en los Mares del Sur.

Tiene tiempo Blas para hacer la guerra en tierra y el 5 de mayo de 1725 se casa con Doña Josefa Pacheco de Bustos, en Lima, Perú. Una año más tarde tienen un hijo al que dan el nombre de Blas.

Se viven tiempos turbios en las posesiones españolas de ultramar, el Virrey Eslava pretende favorecer a familiares, Blas se opone a tal grado de nepotismo. El Virrey desarma la escuadra y niega la paga a Lezo. Profundamente desanimado, Blas pide el retiro.

Blas de Lezo regresa a Cádiz en 1730 y es convenientemente resarcido, gracias a la intervención del Ministro de la Marina, José Patiño, que sabe de su valía. Es nombrado jefe de la Escuadra del Mediterráneo y sus pagas puestas al día.

Un año más tarde, sobreponiéndose a sus carencias físicas, participa situándose siempre en primera línea al mando de la expedición militar hacia la perdida ciudad de Orán, que es finalmente reconquistada. Con desprecio absoluto por su vida inicia una intrépida persecución contra el buque capitán del pirata Bay Hassan que se refugia en la Bahía de Mostagán, muy bien guarnecida por 4.000 hombres y dos castillos. Lezo entra a sangre y fuego contra las defensas enemigas y hunde la nave del pirata. El Rey Felipe V lo asciende a Teniente General de la Armada, en 1734. Orán seguirá siendo española hasta que pasado un siglo caiga en manos fracesas.

España lucha a la desesperada por mantener su dominio en el Caribe, pero su posición se debilita poco a poco. Inglaterra hostiga sus buques y posesiones siempre que se presenta la ocasión. Así las cosas, en 1739 estalla violentamente la llamada Guerra de la Oreja de Jenkins.

El pirata Robert Jenkins fue apresado por el capitán español Julio León Fandiño mientras capitaneaba el buque Rebecca, en 1731. En represalia se le corta una oreja mientras Fandiño le dice "Ve y dile a tu rey que lo mismo le haré si a lo mismo se atreve". El caso no tuvo mucho alcance ni repercusión hasta que la la prensa lo magnificó y entonces creció como una bola de nieve. Es la excusa perfecta  para declarar la guerra abierta y hacerse con el control del Caribe.

Los ingleses pretenden ejecutar un osado golpe de mano para abrirse paso por el vientre blando del imperio. Cartagena de Indias, la "llave del Imperio". Los británicos, al mando del Almirante Vernon, se dirigen hacia allí tras tomar Portobelo, en Panamá.

Lezo está al mando de la plaza desde 1737 y se duele por carta de las ambiciones inglesas, "Si hubiera estado yo en Portobelo, no hubiera su Merced insultado impunemente las plazas del Rey mi Señor, porque el ánimo que faltó a los de Portobelo me hubiera sobrado para contener su cobardía".

Vernon comanda la mayor armada que el mundo verá hasta la flota que atacó Normandía en la Segunda Guerra Mundial, son 2.000 cañones en 186 barcos y 23.600 combatientes. Por su parte, Cartagena contaba con 3.000 hombres entre soldados regulares, milicianos y 600 indios con flechas, además de seis navíos de guerra. Y Blas de Lezo, naturalmente, al mando de todo ello.

Tan seguros estaban los ingleses de su victoria que habían ya acuñado monedas conmemorativas.  Los ingleses cañonearon durante 67 días la ciudad, 62 disparos por hora de media, ocho barcos permanentemente batiendo las posiciones españolas. Para contrarrestar tal despliege, Lezo situó su exigua flota a la entrada del puerto, para sumar su artillería a la de la ciudad, situó rampas bajo los cañones para aumentar su alcance y mandó fabricar balas encadenadas destinadas a desarbolar los buques enemigos para dejarlos ingobernables. Dispuso sacos de arena en las parte débiles de la fortaleza de manera que los impactos no deshacieran las piedras en lluvia de temibles esquirlas. La ciudad desfallecía de sueño, pero resistía.

Monedas conmemorativas

Monedas conmemorativas de la "victoria" inglesa.

Ante el inevitable asalto por tierra, las tropas españolas se repliegan de los puntos indefendibles, engañan a los ingleses y los someten a fuego cruzado de fusilería en los puntos dispuestos a tal fin, las fortalezas y las trincheras inteligentemente excavadas, cumplen su cometido. Los ingleses sufren al subir por las laderas bajo el sol inclemente que los agota y desmoraliza, solicitan refuerzos, calan bayonetas y asaltan las posiciones defensivas. Las tropas españolas se baten brillantemente, pero reculan inevitable ante el empuje británico. Blas de Lezo se juega la última carga y ordena a las dotaciones artilleras, 300 hombres que carguen. Los ingleses son cogidos en el momento exacto y el efecto es aplastante. El enemigo huye y es persguido cuesta abajo. El desánimo se contagia y las tropas inglesas se baten en retirada. La victoria cae de lado español que firma una gloriosa gesta de armas. Vernon, mientras se retira, le grita al viento "¡Maldito seas, Lezo!". En respuesta, Blas escribe "Para venir a Cartagena es necesario que el rey de Inglaterra construya otra escuadra mayor, porque ésta sólo ha quedado para conducir carbón de Irlanda a Londres, lo cual les hubiera sido mejor que emprender una conquista que no pueden conseguir."

La estrategia de Lezo fue impecable, buscó el desgaste de los asaltantes abandonando las posiciones que se volvían indefendibles y provocando todas las bajas posibles desde posiciones emboscadas. Cada día que los ingleses pasaban en esas tierras, eran diezmados por las enfermedades. Los españoles, con agua potable y aclimatados ya al entorno, estaban mejor adaptados.

Blas de Lezo nunca perdió un combate. Vencío en veintidós batallas navales, se dejó un ojo, una pierna y un brazo. Fue un héroe merecedor de los más altos honores. Sin embargo, Felipe V, el loco, el indigno rey que pretendía subirse a los lomos de los caballos de los tapices que adornaban su palacio, lo destituyó a petición del virrey Eslava, el hombre al que Lezo impidió favorecer a sus familiares.

Lezo murió deshonrado, pobre, con 53 años, sin el favor de su patria que ni honró ni ya recuerda sus méritos. El mayor héroe de la Historia Naval permanece orillado en las lindes de la historia, ignorado por sus compatriotas.

Los ingleses, sus enemigos, a los que humilló en tantas ocasiones, se descubrieron ante su genio. Le apodaron "el marino que surgía de entre la niebla".

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