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20/03/2012

Tambores franceses sobre el Pisuerga

Los ecos del 2 de mayo madrileño resuenan en Valladolid. El ejército francés amenaza la comarca, Gregorio García Cuesta, capitán general/presidente de la región organiza con premura una columna de 5.000 paisanos, mal vestidos y peor armados, sin ningún tipo de disciplina ni de instrucción militar. El alistamiento es forzoso. Sin distinción de varones entre los 17 a los 40 años. Hasta novicios formaban las filas.

Gregorio García Cuesta

Gregorio García Cuesta

Lo conocí años después de la batalla, en Benavente, en una taberna. Recorría yo por entonces la comarca con la intención de escribir un librillo sobre la guerra de la Independencia que no se vendería ni mucho ni poco, como todos los míos. Se sentaba en un taburete, junto a una ventana y entretenía las manos con un vaso vacío que hacía girar sobre  la mesa. Vestía descuidadamente, con una camisola gris que ni intención tenía de parecer blanca.

El caso es que fuimos presentados y le convidé a unos vinos mientras me contaba su historia. Empezó a trompicones, pero le bastaron dos largos tragos para soltarse y al cuarto ya hilaba de corrido. Tanto que se molestaba cuando le interrumpía para interrogarle sobre algún punto concreto o la situación exacta de tal o cual sitio.

Pude huir cuando Cuesta organizaba su ejército, pero no lo hice. No fue por valor, sino por odio. Ellos violaron a mi hermana, ¿sabe?. Y eran extranjeros. Franceses. El odio es algo mucho más común que el valor porque es un defecto. El valor es una virtud y en mi pueblo no se estilaba. Éramos tan pobres que no nos lo podíamos permitir. Pero el odio sí, eso está al alcance de cualquiera. Incluso de los cobardes.

Decidido a debilitar el dominio francés en la zona, el general García de la Cuesta se aprestó a llamar a filas a todos los hombres capaces. A mí me pilló la leva estudiando Derecho en la Universidad, junto con compañeros de otras facultades, como Medicina o Teología. Nos juntaron en la plaza mayor del pueblo con otros cinco mil paisanos; desconcertados y dejándonos llevar por la pasión de los que exigían armas para expulsar al invasor, nos unimos a los gritos.

Vaya espectáculo, figúrese, todos civiles, en ropas de trabajo, menos un regimiento de Guardias de Corps, otros de carabineros reales, un par de escuadrones de caballería que sumarían cien jinetes, cuatro piezas de artillería servidas por cadetes de la Academia de Zaragoza y nosotros, dos compañías de jóvenes escolares de la Universidad de Valladolid que formaríamos la vanguardia de la formación.

El general Cuesta supo estar a la altura de la tropa que mandaba porque no se le ocurrió otra cosa que denominarnos "Ejército de Castilla". Nosotros ejército, nada más y nada menos. Un grupo de campesinos hambrientos y analfabetos. Un ejército en alpargatas.

Supongo que las noticias debieron preocupar al Mariscal Bessières, en el cuartel general francés situado en Burgos, ya que desconocía la existencia de una agrupación militar y la denominación de "Ejército de Castilla" debió turbarle el sueño, estoy seguro. El caso es que si se cortaban las vías de Francia con Madrid en esa zona, se ponía en riesgo las comunicaciones y la conexión del centro de la peninsula con el Norte.

La sorpresa le duró a Bessières el tiempo que tardó en formar un destacamento de 9.000 hombres al mando del General Lasalle y mandarlo hacia mi pueblo con órdenes de estabilizar la situación en la zona. Con destino a Cabezón del Pisuerga avanzaron el día 12 de junio de 1808, donde les esparábamos nosotros.

Como a la entrada del pueblo hay un puente de piedra, el grueso de las tropas fueron situadas perpendicularmente un poco por delante, en la carretera que transita de Valladolid a Burgos, la caballería en el ala izquierda, las piezas de artillería a al entrada del pueblo y nosotros, los jovenes escolares, protegiendo el puente en sí.

Nuestras posiciones eran muy débiles, tenga usted en cuenta que éramos civiles indisciplinados dispuestos en un llano, sin defensa contra la caballería  francesa, bien entrenados y motivados.

Estabamos compartiendo pan y un poco de queso rancio cuando oímos la tierra temblar. Al poco vimosla vanguardia del ejército francés, 3.000 jinetes en perfecta formación ocupando todo el ancho de la llanura y al frente, el General Lasalle en persona, dirigiendo el avance.

No sé cómo lo hicieron los que protegían el camino, delante de nosotros, pero rechazaron la primera carga de caballería. Aún puedo oir los gritos de alegría cuando se retiraron los franceses, los vítores y juramentos. El General Cuesta parecía un pavo. Espoleados por la excitación de sus hombres dio la orden de abandonar las posiciones y dirigirse de cabeza hacia los franceses, que nos doblaban en número.

Ya se puede figurar lo que pasó. El desastre, la veterana caballería francesa aplastó a los lugareños que conocieron ese mismo día las mieles de una victoria y las hieles de una derrota. Aterrorizados, huyeron en desbandada, encabezados por Cuesta, que se cubrió de gloria ese día.

El camino estaba expedito para el enemigo sino fuera porque aún resistíamos nosotros. Las dos compañías de estudiantes, de enternecedora juventud. Con un cuajo impropio para nuestra edad sometimos a los asaltantes a un nutrido fuego de fusilería, arrastrando a los heridos y ocupando sus puestos en la línea. Sabiéndonos abandonados por nuestros compatriotas y a punto de ser devorados por la marea francesa, tuvimos que dejar el puente y huir.

Era el fin. Sin nada que la contuviera, el torrente francés atravesó el puente, arrojando al río a cuantos huídos encontraron, se hicieron rápidamente con el pueblo y, como colofón, apresaron un par de piezas de artillería, abandonadas intactas por sus servidores.

Y hasta aquí el combate. Los franceses habían rehecho la situación y no nos persiguieron, por lo que pudimos llegar hasta Medina de Ríoseco. La aventura se cobró un alto precio, dejamos atrás 400 bajas entre muertos en combate, ahogados, heridos y prisioneros. Por su parte los franceses hubieron de lamentar 50 muertos.

Valladolid y Santander fueron pronto ocupadas por la eficacia napoleónica. De lo que pasó en el pueblo me enteré después y vergüenza me da tener que contarlo, pero ya es tarde para callar habiendo llegado tan lejos en la historia y tan hondo en la jarra de vino, así que venga...

En vez de enterrar los cadáveres de sus vecinos, el pueblo se dedicó con diligencia al saqueo y a despojar a los muertos de armas y enseres, no se procedió al entierro hasta que la Sala del Crimen dio la orden el 17 de junio, cinco días después de los combates. No fueron tan laboriosos cavando tumbas como emulando a los buitres porque semanas después aún se encontraban cuerpos hinchados flotando en el río.

Ya sabe usted que la batalla tuvo poca importancia militar, pero la propaganda la utilizó con profusión, al considerarse el primer combate de Castilla contra el invasor. Se escribieron numerosos artículos en periódicos, editoriales, carteles y panfletos que inflamaron el deseo por combatir, por resistir, destacando los actos de pillaje y terror cometidos por los franceses y olvidando, muy oportunamente, los nuestros más dolorosos por ser propios.

Esa es la historia que me contó el antiguo estudiante. No es una transcripción porque cuando narraba la actuación de sus vecinos tras la batalla, se terminó de un trago el vino y el relato ya no era tan fluido. Y es que hubo batallas heróicas contra los franceses, pero la librada en el Pisuerga no fue una de ellas.

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28/02/2012

Héroes congelados en el Lago Ilmen

La memoria acerca de la batalla conocida como “La acción del Lago Ilmen” se marchita en los recodos de la historia, comenzó a olvidarse justo después de suceder.  La protagonizaron un puñado de españoles destacados en el peor sector del  peor teatro bélico de la peor de las guerras. Corre el año 1942, el 7 de enero el ejército ruso cercó y diezmó a seis divisiones de la wehrmacht alemana al sur del lago Ilmen. Un solitario batallón, aislado en Vsvad, ha solicitado ayuda desesperadamente. Corresponde prestar auxilio a la División Azul que domina el norte del lago.

Españoles en IlmenEl capitán José Manuel Ordás Rodríguez encabeza la penosa marcha. Los 206 hombres de la compañía de esquiadores de la División Azul parten a cumplir unas órdenes suicidas. Deben prestar auxilio a la guarnición alemana acantonada en Vsvad. El único camino posible atraviesa en diagonal el lago Ilmen. Los guías comprueban la temperatura, 56º bajo cero. Les separan 30 Km. en línea recta. Serán muchos más.


El viento barre la superficie congelada del lago, amontonando nieve en los ventisqueros que obliga a constantes cambios de dirección, deben sortear una sucesión de barreras que les desgastan y desalientan.  El agua, sometida a la inclemente presión del clima invernal, se ha abierto en grietas ocultas por la nieve. Las distancias lo son todo y nada en un desierto sin referencias.

La columna de marcha se detiene un momento para recuperar el resuello. El capitán Ordás abre con dificultad la cantimplora. Bebe un sorbo de coñá que le hierve en los labios. Con un gesto invita a su segundo, el teniente Otero de Arce que sonríe agradecido . Con dificultad extiende los mapas para comprobar el rumbo, pero la grasa de la tapa de las brújulas se ha congelado, dejándolas inservibles. Cae la noche.

Un crujido presagia desastre. El capitán se gira, encogido. Otro trineo se pierde al caer por una de las grietas celadas. Los relinchos de los caballos se apagan rápidamente. Las condiciones de marcha en la oscuridad se vuelven atroces. El frío arrecia, como lo hace también el viento. La nieve cubre hasta el vientre, hasta el pecho. La muerte visita a los más débiles, a los fuertes les deja su tarjeta en forma de graves congelaciones.

Tras 26 horas de tortura, llegan a la orilla opuesta del lago, pero descubren que los constantes cambios de rumbo y la desorientación les han desviado 15 Km. al oeste de su destino. El capitán decide ponerse en contacto con una de las radios que ha resistido la congelación que ha estropeado al resto. El informe al general Muñoz Grandes es conciso, desapasionado: “Después de atravesar seis grandes barreras de hielo, grietas con agua a la cintura, hemos llegado a Ustrika. A causa del frí­o, Radio y brújulas averiadas. Tenemos 102 congelados, de ellos 18 graví­simos. En las simas del Lago hemos perdido algunos trineos.

La respuesta de Muñoz Grandes no se hace esperar: "Sé de vuestro esfuerzo durante la penosí­sima marcha que habeis realizado. La guarnición alemana sigue defendiéndose valientemente y hay que socorrerla cueste lo que cueste aunque queden todos los nuestros sobre el hielo. Con los que te queden, con muy pocos, tu solo si es preciso, seguid adelante. O se les salva o se muere con ellos".

Las penalidades se recrudecen en su avance hacia el pueblo sitiado. Sufren ataques de la aviación rusa, de tanques, de la infantería. Llegando incluso a distancia de bayoneta. El cerco a Vsdad es total, la posición amiga más próxima es la aldea de Maloye Utschno, a 18 Km. en manos de españoles. El 18 de enero, a las 7:30 un feroz ataque ruso barre la aldea. La posición ha dejado de existir como baluarte efectivo. Se improvisa una columna de rescate que se apresta a socorrer a los compatriotas, si queda alguno vivo. El grupo lo componen ocho españoles y un grupo de alemanes que rápidamente se rezagan. No parecen tener las prisas que se clavan en las piernas de los españoles y les hacen abandonar las precauciones, por fin llegan a las estribaciones del pueblo. “¡Quién va!”, “Españoles, somos españoles”. Abrazos. Resisten cinco españoles y un letón.

La dureza de los combates se torna insoportable, los rusos toman posiciones y protagonizan un vigoroso ataque contra la resistencia que ofrecen diversos grupos de fortuna. El frío ha congelado el cerrojo de las armas, los termómetros marcan 58º bajo cero, un puñado de voluntarios españoles se ofrece para destruir el empuje de los carros enemigos, únicamente con cócteles molotov; el avance es repelido. Cae la noche, siempre la noche; sin poder ofrecer oposición son bombardeados tres veces, sin descanso, ovillados en los pozos de tirador esperan el amanecer.

Amanece otro día, uno más. Es el 21 de enero. La noche, por una vez, les sirve de refugio y avanzan sobre el objetivo de Vsvad cogiendo desprevenidos a los rusos que no esperaban un ataque por la retaguardia. La guarnición alemana está a salvo, corren a abrazar a sus rescatadores. La misión se ha cumplido pero la Compañía ha dejado de existir como unidad de combate.

Muñoz Grandes recibe el último de una larga sucesión de partes, sobreviven doce valientes, el resto ha dejado sus vidas en el lago, en las aldeas, en los caminos, en aquel páramo helado de nombres olvidados.

Por esta actuación la Compañí­a de Esquiadores sería prolijamente condecorada, recibiendo la Medalla Militar colectiva y su comandante, el capitán Ordás, la individual. Los alemanes reconocieron el valor de los esquiadores españoles y les concedieron además 32 Cruces de Hierro.

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11/02/2012

Rocroi, el último tercio

La Guerra de los Treinta Años se había convertido en un lodazal en todos los sentidos. En 1636 Francia se mete de lleno en ella, pero no al lado de sus hermanos de la fe católica, los españoles, sino al lado de los herejes. Francia había liquidado sus problemas internos y pretendía hacerse con Europa. Solo España se interponía en sus planes. Pero España era un país agotado, insolvente. Quebrantado por más de un siglo de guerras. Como escribió Quevedo, Nace en las Indias honrado,/ donde el mundo le acompaña; / viene a morir en España,/y es en Génova enterrado. Aún así seguía poniendo en el campo de batalla la infantería más temible de la Historia. De repente, como cumpliendo un deseo, Portugal y Cataluña se levantan contra el Rey Felipe IV. Francia aprieta sus manos en torno a Cataluña y el Franco Condado. La única opción para aliviar la presión del dogal es atacar en otro sitio en el norte de Francia. El ejército español de Francisco de Melo, Capitán General de los tercios de Flandes, sitia Rocroi con la esperanza de reeditar la batalla de San Quintín. Prevenido de las intenciones españolas el Duque de Enghien se dirige hacia la ciudad para librar un combate en campo abierto. Y en esas estamos.

Rocroi por Dalmau

Los ejércitos se preparan en penumbra, buscan consuelo en su religión, que ese día es la misma para todos. La niebla se alza sobre la tierra enredándose en las piernas de los soldados de ambos bandos. El portugués Francisco de Melo dispone a sus órdenes de 25.000 hombres de cuatro nacionalidades distintas. En el centro, como siempre, disputándose el honor de combatir en primera línea, se sitúan los tercios españoles, unidades curtidas, correosas, tremendamente puntillosos en materia de honra. La mejor infantería del orbe, siempre seguros y dignos de confianza. Hasta cuando las pagas se retrasaban más de lo prudente, los tercios nunca se sublevaron antes de una batalla. Se amotinaban después para que nadie pudiera echarles en cara que utilizaban su soldada como excusa a su cobardía. Este es el ejército que el mandaba Melo, comandante de las tropas españolas.

Pero el portugués pensaba rendir una ciudad por hambre, no esperaba tener que batirse en campo abierto. Y desde luego no en esa maldita explanada, perfectamente llana. Cubierta de hierba, idónea para los cascos de la muy superior caballería francesa. El Duque Enghien cuenta solo con 21 años pero es de una inteligencia viva y despierta. Teme que los españoles reciban unos refuerzos que ambos contendientes dan por supuestos por lo que su ventaja de 3.000 hombre podría quedarse en nada. No está el francés para andarse, pues, con contemplaciones y entabla batalla sin dilación.

La batalla no ha empezado y los españoles ya están perdiendo. El despligue de las tropas francesas es superior, ideal para sus intereses. Su objetivo es claro, separar el grano de la paja, esto es, aislar a los veteranos tercios españoles del resto del ejército.

Melo pierde entonces el segundo lance. Lanza a su caballería que toma alguna pieza de artillería francesa, pero en vez de destacar a los tercios y ordenarles cargar contra el centro enemigo decide esperarlos. Pierde así la ocasión de lograr una rápidad victoria. Prefiere confiar en que la profesionalidad y flema de sus mejores hombres les hiciera resistir todo lo que les echaran encima. Otras veces ha funcionado.

La estrategia de Melo es torpe, lo apuesta todo a la masa compacta y al cuajo de su infantería. El Borbón envía un par de cargas de caballería para identificar a las unidades españolas y se apresta a extirparlas del cuerpo del ejército. Melo es incapaz de poner en marcha a sus cinco tercios, se limita a mantenerlos en el centro, en cabeza, sin que puedan lo que ocurre por los debilitados flancos y sin poder hacer nada para remediarlo.

Los franceses tampoco tienen su día, sufren varios quebrantos, pero la habilidad de su comandante suple algunas carencias tácticas de sus subordinados, da órdenes, se desplaza de un punto a otro de la línea, observa y reacciona. Enghien, decide arriesgarlo todo, encuentra un hueco en las frágiles unidades extranjeras y lanza una audaz carga de caballaría directa al centro del ejército español Las unidades valonas, alemanas e italianas se retiran después de recibir poco castigo. El propio Melo huye y se refugia con los italianos. Los tercios están solos.

Los españoles observan incrédulos la retirada de sus aliados. Los sargentos mayores gritan, los tambores resuenan. Los cinco tercios forman en cuadro.  Es su única opción, no queda más que enfrentar su orgullo a la caballería francesa. Ya ni la artillería española dispara, se han quedado sin munición. El Duque de Enghien se felicita por lo que considera una simple bravuconada. Piensa que una carga eficazmente ejecutada desmontará la formación y los hará huir en desbandada. Desde la distancia no puede ver las botas bien afianzadas en el suelo, las picas clavadas en el barro, los soldados soplando la mecha de los arcabuces. Pero sobre todo no puede ver las caras, las miradas retadoras ni los dientes apretados.

Las dos primeras cargas de caballería acaban en desastre para los franceses. El propio Duque recibe un disparo que para su coraza. Peor suerte corre el caballo que monta que acaba derribado, coceando en el suelo mientras boquea y muere.

La estrategia española confía en la profesionalidad, arrojo y veteranía. Nada de fintas ni sutilezas. Sin florituras. Esperar la carga hasta ver el blanco de los ojos del jinete, disparar una salva de arabucería casi a quemarropa derribando la primera línea, después las picas que se cierran y frustan el ataque. Tras cada carga, los españoles ejecutan a los heridos y buscan mechas, pólvora, cualquier cosa para defenderse de los franceses.

Ya llevan así seis cargas y los españoles resisten. Los ojos irritados por la pólvora, inyectados en sangre, a su alrededor, caballos agonizando, enemigos muertos. El cuadro aguanta, pero a costa de graves pérdidas.  Nadie abandona su posición en la formación. Caen, son retirados por un compañero que ocupa su lugar y cierran filas.

El Duque de Enghien se desespera y bate a los españoles con artillería. Ordena avanzar a la infantería. La situación se hace insostenible, el tercio de Jorge de Castellví está deshecho, los demás muy castigados. Quedan ya los tercios de Garcíez y Villalba, a los que se unen los supervivientes de los demás.

El Borbón está preocupado, teme que Melo huído con los italianos, vuelva con refuerzos. También es posible que acuda al rescate el tercio que guarda la frontera de Flandes, situado a poca distancia. Se ve forzado a negociar una rendición honrosa. Las condiciones son ventajosísimas, sin igual en la historia, que solo se dispensaban a las plazas fuertes asediadas: Respetar la vida y libertad, poder conservar la impedimenta y avituallamiento, paso franco hasta Fuenterrabía, salir con las banderas ondeando, en formación y con las armas y los tambores resonando. No debía estar muy clara la situación para los franceses cuando aceptaron.

Los heridos se apoyan en los sanos para no perder el orden, todos adecentan el atuendo y dejan tras de sí a los muertos. Orgullosos hasta el final los tercios abandonan derrotados por primera vez en siglo y medio un campo de batalla.

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13/01/2012

La batalla de Bailén, la primera derrota de Napoleón

La cara parecía que ardía bajo la lumbre que expulsaba el sol ese 19 de julio del año 1808. Muchos soldados franceses, al mando del general Dupont, se preguntaban cómo habían ido a parar sus pasos a esa sartén agostada. Llevaban peleando desde las tres de la mañana, habían agotado las reservas de agua y aún quedaba mucha mañana. Los sargentos azuzaban a las tropas con la voz ronca, atragantada con el polvo que lo cubría todo con su manto irreal. Las casas encaladas destacaban en la mañana. Tan cerca que parecía mentira que no estuvieran allí hace rato.

Rendición de Bailén

Rendición de Bailén

Antoine es el nombre del soldado al que vamos a tomarnos la libertad de coger prestados sus sentidos. Siente la garganta como lija. Despega la lengua del paladar con un chasquido audible. La marcha forzada del general Dupont lo situó a las tres de la mañana a la cabeza de la vanguardia francesa en las estribaciones de Bailén.

Participó en los primeros escarceos contra la Guardia Valona, en vanguardia de los españoles, combatiendo a la bayoneta en ciegos acuchillamientos. Allí vio caer a la cuarta parte de la brigada de caballería al mando del general Dupré. Los oyó caminar al paso y luego al trote al pasar cerca de él hasta toparse con una batería de cañones española con la que se cebaron sin percatarse de las cargas de los españoles que los ponían a la fuga con bajas atroces del 20 por ciento.

Nuestro soldado lamenta la pérdida de los compatriotas. Cínicamente divide las balas entre hombres y le sale más a recibir. Vanguardia del ejército napoleónico, buen sitio para recibir estopa. Desde las tres de la mañana avanzando y retrocediendo en escaramuzas confusas, distinguiendo a compañeros a gritos y juramentos.

La oscuridad remite con lentitud, son sobre las cinco y media de la mañana, calcula nuestro soldado. Oye órdenes recias y piafar de caballos, las baterías francesas de a 4 libras se están desplegando en la línea. Los proyectiles españoles zurrean por el aire, el sonido más grave y bronco, su alcance, superior, son piezas de a 8 y 12 libras, más poderosas, pero menos móviles que las francesas. Poco importa, piensa, los españoles no se van a mover. Resistirán con el pueblo a sus espaldas.

Previsiblemente, el duelo artillero concluye tras una hora de disparos con una victoria española. Cinco valiosas piezas francesas son desmontadas, con sus servidores muertos o heridos, en su mayoría.

Antoine se gira, distingue a lo lejos nubes de polvo procedentes del resto de la columna de marcha. Sabe que esos hombres no estarán disponibles durante un par de horas. Toca aguantar con lo que hay.

Las 6:30 y ya tiene calor. Sacude el chacó, toma un sorbo de su cantimplora. La raciona, no es la primera vez que sufre los rigores del calor español en campaña.

Gritos confusos, los sargentos escupiendo órdenes como violento restallar de látigo. Los hombres forman, codo con codo, en compactas columnas. Antonie es encajado en la segunda fila, tercera por la derecha. Cuenta cuatro columnas, 3.100 infantes. Sabe que son flanqueados, como es costumbre, por la caballería, una brigada en cada flanco.

Cuatro columnas de asalto fiándolo todo al poder de la masa. Antonie es consciente del poder psicológico de 3000 almas en perfecto orden, pero sabe que sólo las primeras filas pueden hacer fuego sobre las cabezas de sus compañeros. Poco importa, una columna avanza, no se para a recargar. Teme una carga de caballería, pero se tranquiliza al recordar que los flancos están guarnecidos por su propios jinetes. "Que sea suficiente", reza. Directos a la batería española, directos a las balas, granadas y metralla, derechos a la boca del lobo.

Se pasa la mano por la rasposa mejilla, su único consuelo es que cuanto antes acaben, menos posibilidades hay de que lleguen los refuerzos al tal Réding, el general sobre el que el general Castaños ha descargado el peso de la operación. Algo debe maliciarse el contrario por su parte, porque Antonie observa polvo al frente que se eleva derecho hacia el cielo.

De repente, rugir de voces. Desde su posición Antonie no puede ver con claridad, pero los enormes chacós son inconfundibles. ¡Cazadores de la guardia valona! unidades de élite del ejercito español, hombres escogidos de justa fama por su desempeño en el campo de batalla. Observa una segunda agrupación de tropas españoles, es el Regimiento de Órdenes Militares.

Antonie se sorprende al comprobar la pronta respuesta de sus compatriotas. Dupont ha enviado lo que le quedaba de la brigada del general Dupré, diezmada hace apenas una hora. No han tenido escaso tiempo para recuperarse y ya cargan de nuevo hacia la batalla. Un barranco se interpone entre ellos y el objetivo. Refrenan los caballos, recomponen la unidad, se reagrupan y dan un amplio rodeo. Mal asunto, los tiradores españoles tienen tiempo para disparar sus mosquetes. Las descargas se suceden en orden. Morder el cartucho, introducirlo en el cañón, reservándose un pellizco para la cazoleta del  arma, atacarlo con fuerza, llevarse el mosquete a la cara, disparar... y comenzar el ritual, sin ver nada através del humo de la pólvora, con los ojos rojos como ascuas, vidriosos. Los jinetes salvan el obstáculo, se reorganizan y cargan primero al trote y luego al galope contra las posiciones de los dos regimientos españoles. Las bajas son graves y los españoles huyen a refugiarse en posiciones bien guarnecidas.

Antonie no tiene tiempo ni de alegrarse; más movimiento en el flanco francés. La brigada de caballería del ala izquierda al mando del general Privé busca ahora desalojar a los españoles que andan atosigando y escaramucenado a los soldados fraceses de ese lado. Privé es un profesional y conoce su trabajo, busca cortar la retirada a los españoles, el miedo cunde entre ellos y huyen hacia la masa principal de la línea española. La carnicería es atroz, los franceses se abren paso a cuchilladas, todo el flanco izquierdo español está amenazado. Por fin la batería española gira y abre fuego con todo lo que tiene, los jinetes pican espuelas y se retiran.

Los gritos en las columnas se suceden, el avance les ha situado justo enfrente de las tres baterías españolas. Antonie ya sabe lo que viene, las balas de cañón cruzan el aire con un desgarro como de sábanas. El suelo retumba cuando caén, elevando un surtidor de tierra. Peor es cuando no hay ruido sino gritos de compatriotas cuando la bala deja un hueco en las filas; sangre y olor a orines y heces. Los suboficiales gritan y las filas se cierran, los dientes rechinan y siguen marchando.

Los civiles del pueblo prestan su ayuda, traen agua para los soldados y para refrescar las bocas al rojo de los cañones que pueden así seguir disparando. Hace tiempo que los franceses dejaron de hacerlo, por miedo a reventarlos. La cantimplora de Antonie está seca, son apenas las 8 de la mañana y el calor empieza a ser intolerable. Calcula las distancias, están a casi trescientos metros de las posiciones, son un blanco perfecto, ordenado para el fuego español.

En ese preciso instante se desata el verdadero infierno, al estruendo de las baterías se unen los cascos de los caballos. La caballería española carga con ímpetu contra los flancos de las cuatro columnas francesas. Antonie contempla atónito cómo entran como un cuchillo en las columnas vecinas, sin oposición, cortando piel y músculo y huesos. Antonie no es de los primeros en huir, pero tampoco de los últimos, con terror se abre paso a empellones hasta alcanzar un olivar cercano. Se tumba sobre los terrones ya calientes y contempla el espectáculo aterrador. Llegan compañeros, algún oficial y se organizan grupos de fortuna que comienzan a disparar contra la caballería española, con la poca disciplina que confiere la costumbre.

Los españoles se retiran, ahítos de sangre. Cuando vuelven en buen orden hacia la línea española son atacados por los restos de la caballería napoleónica que retorna una vez más a la carga, la persecución los lleva de otra vez contra las baterías españolas, sus servidores vuelven a vender caras sus vidas por segunda vez en lo que va de mañana. Los franceses se retiran con notables pérdidas.

Nuestro héroe respira a bocanadas cortas. Y no por primera vez intima con la idea de dejarse caer donde está, hacerse el muerto y que sea lo que Dios quiera. A lo mejor una paisana gruesa, de mejillas atezadas, se apiada de él, le presta unas ropas de paisano y consigue dejar de patearse Europa. A lo mejor.

Pide agua, pero las cantimploras están secas. El calor es grande a las 9.00 de la mañana. No sabe cuánto queda de batalla ni le importa. Solo tiene sed.

A esas horas debería haber llegado el resto de la columna de marcha francesa. Por lo que se murmura, las maniobras con esos refuerzos han resultado infructuosas y la caballería ha vuelto a cubrirse de gloria y sangre una vez más prestando sus servicios.

Ahora el calor aprieta de verdad. El calor no es lo de antes ni lo es la sed tampoco. Son pasadas las 10.00 y Dupont juega la carta que le queda. Un nuevo asalto al centro español. De nuevo órdenes como disparos, de nuevo puntapiés, empujones. De nuevo formados. Agotados, sedientos, abrasados, pero formados en las cuatro columnas de avance, menos numerosas que las originales. Las bajas son apreciables.

El avance es detenido por los españoles, descansados y bien provistos de agua que les es acarreada por mujeres y niños. Los cañones españoles rugiendo sin descanso y tras cada andanada, un cubo de agua por el cañón, para enfriarlo y volver a disparar. Antonie sigue avanzando y tropezando, los soldados caen a derecha e izquierda. De nuevo, retirada. Y de nuevo la caballería francesa que cubre la retirada al mando del general Dupré que se lanza con lo que le resta, con valor y sin resuello. El coste es terrible, un tercio de las escasas fuerzas y el propio general muerto.

Es el fin, Dupont está desesperado, todos lo saben. Teme que el general Castaños acuda con refuerzos. Decide jugarse el todo por el todo en un ataque desesperado. El tercero del día. Le quedan dos mil hombres y cien jinetes que divide y coloca en los flancos. En medio, los Marinos de la Guardia, 300 hombres que había mantenido en reserva. Lo mejor de lo mejor, altos, fuertes y valientes como la madre que los parió. Hasta Antonie se estremece al verlos formar.

Avanzan con un calor de 40º a la sombra y una lluvia de balas de cañón, mosquete y metralla. Las columnas franceses están tragando más plomo del que pueden digerir y titubean. Sólo la Guardia continua impasible bajo el fuego que les castiga, aprietan filas tras cada baja y siguen caminando.

De repente, el general Dupont vacila, se yergue en su montura y cae al suelo. Le han disparado en la cadera y está herido, pero todos lo creen muerto. Los fusileros franceses se retiran. Los Marinos hacen lo propio, no pueden quedarse aislados del contingente francés. Cincuenta pasos, cincuenta pasos más y habrían clavado las bayonetas en las gargantas de los artilleros. La metralla ha ocasionado pérdidas serias en los Marinos, pero se marchan en buen orden.

Ya no le queda al comandante francés alternativa alguna. Es la hora de las capitulaciones. Antes la Guardia, en una última muestra de su bravura y profesionalidad, envía una representación al general, suplican a Dupont que les permita encabezar un nuevo asalto. Conmovido, declina la solicitud. Es preferible rendirse.

La batalla de Bailén supuso la primera derrota en campo abierto del ejército Napoleónico. Aunque el general Castaños ostentaba el mando, la victoria es mérito de Réding, un oficial suizo. La importancia estratégica de la batalla poco importa, en muy poco tiempo la leyenda se impuso a la realidad y sirvió de inspiración y acicate. La retirada definitiva del ejercito de ocupación francés era ya inevitable.

Al comienzo de la batalla los franceses contaban con 21.130 soldados (incluidos los Marinos de la Guardia), 3.300 jinetes y 24 cañones. Las pérdidas fueron de 2.200 muertos,  400 heridos y 17.635 prisioneros. Entre los muertos destaca el general Dupré, comandante de la Brigada de Cazadores que protagonizó las cargas desesperadas de caballería.

Los españoles contaban al comienzo de los combates con 27,110 soldados y milicia, 2.660 jinetes y 25 cañones (todos superiores en calibre que los franceses). Las bajas fueron de 243 muertos y 735 heridos.

Aquí podríamos poner punto y final al relato, pero quedaría incompleto sin conocer la suerte que corrió nuestro testigo Antonie. Sobrevivió a ese terrible día sin más heridas que el rasguño en la mejilla. Tras las capitulaciones fue trasladado junto con un contingente de soldados regulares y Marinos a isla de la Cabrera en un buque prisión. Murió de privaciones y enfermedades sin haber podido ser testigo del último acto heroico de los Marinos. Asaltaron un barco que transportaba alimentos desde Mallorca a la isla y un puñado pudo reunirse, al final, con los suyos.

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