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20/03/2012

Tambores franceses sobre el Pisuerga

Los ecos del 2 de mayo madrileño resuenan en Valladolid. El ejército francés amenaza la comarca, Gregorio García Cuesta, capitán general/presidente de la región organiza con premura una columna de 5.000 paisanos, mal vestidos y peor armados, sin ningún tipo de disciplina ni de instrucción militar. El alistamiento es forzoso. Sin distinción de varones entre los 17 a los 40 años. Hasta novicios formaban las filas.

Gregorio García Cuesta

Gregorio García Cuesta

Lo conocí años después de la batalla, en Benavente, en una taberna. Recorría yo por entonces la comarca con la intención de escribir un librillo sobre la guerra de la Independencia que no se vendería ni mucho ni poco, como todos los míos. Se sentaba en un taburete, junto a una ventana y entretenía las manos con un vaso vacío que hacía girar sobre  la mesa. Vestía descuidadamente, con una camisola gris que ni intención tenía de parecer blanca.

El caso es que fuimos presentados y le convidé a unos vinos mientras me contaba su historia. Empezó a trompicones, pero le bastaron dos largos tragos para soltarse y al cuarto ya hilaba de corrido. Tanto que se molestaba cuando le interrumpía para interrogarle sobre algún punto concreto o la situación exacta de tal o cual sitio.

Pude huir cuando Cuesta organizaba su ejército, pero no lo hice. No fue por valor, sino por odio. Ellos violaron a mi hermana, ¿sabe?. Y eran extranjeros. Franceses. El odio es algo mucho más común que el valor porque es un defecto. El valor es una virtud y en mi pueblo no se estilaba. Éramos tan pobres que no nos lo podíamos permitir. Pero el odio sí, eso está al alcance de cualquiera. Incluso de los cobardes.

Decidido a debilitar el dominio francés en la zona, el general García de la Cuesta se aprestó a llamar a filas a todos los hombres capaces. A mí me pilló la leva estudiando Derecho en la Universidad, junto con compañeros de otras facultades, como Medicina o Teología. Nos juntaron en la plaza mayor del pueblo con otros cinco mil paisanos; desconcertados y dejándonos llevar por la pasión de los que exigían armas para expulsar al invasor, nos unimos a los gritos.

Vaya espectáculo, figúrese, todos civiles, en ropas de trabajo, menos un regimiento de Guardias de Corps, otros de carabineros reales, un par de escuadrones de caballería que sumarían cien jinetes, cuatro piezas de artillería servidas por cadetes de la Academia de Zaragoza y nosotros, dos compañías de jóvenes escolares de la Universidad de Valladolid que formaríamos la vanguardia de la formación.

El general Cuesta supo estar a la altura de la tropa que mandaba porque no se le ocurrió otra cosa que denominarnos "Ejército de Castilla". Nosotros ejército, nada más y nada menos. Un grupo de campesinos hambrientos y analfabetos. Un ejército en alpargatas.

Supongo que las noticias debieron preocupar al Mariscal Bessières, en el cuartel general francés situado en Burgos, ya que desconocía la existencia de una agrupación militar y la denominación de "Ejército de Castilla" debió turbarle el sueño, estoy seguro. El caso es que si se cortaban las vías de Francia con Madrid en esa zona, se ponía en riesgo las comunicaciones y la conexión del centro de la peninsula con el Norte.

La sorpresa le duró a Bessières el tiempo que tardó en formar un destacamento de 9.000 hombres al mando del General Lasalle y mandarlo hacia mi pueblo con órdenes de estabilizar la situación en la zona. Con destino a Cabezón del Pisuerga avanzaron el día 12 de junio de 1808, donde les esparábamos nosotros.

Como a la entrada del pueblo hay un puente de piedra, el grueso de las tropas fueron situadas perpendicularmente un poco por delante, en la carretera que transita de Valladolid a Burgos, la caballería en el ala izquierda, las piezas de artillería a al entrada del pueblo y nosotros, los jovenes escolares, protegiendo el puente en sí.

Nuestras posiciones eran muy débiles, tenga usted en cuenta que éramos civiles indisciplinados dispuestos en un llano, sin defensa contra la caballería  francesa, bien entrenados y motivados.

Estabamos compartiendo pan y un poco de queso rancio cuando oímos la tierra temblar. Al poco vimosla vanguardia del ejército francés, 3.000 jinetes en perfecta formación ocupando todo el ancho de la llanura y al frente, el General Lasalle en persona, dirigiendo el avance.

No sé cómo lo hicieron los que protegían el camino, delante de nosotros, pero rechazaron la primera carga de caballería. Aún puedo oir los gritos de alegría cuando se retiraron los franceses, los vítores y juramentos. El General Cuesta parecía un pavo. Espoleados por la excitación de sus hombres dio la orden de abandonar las posiciones y dirigirse de cabeza hacia los franceses, que nos doblaban en número.

Ya se puede figurar lo que pasó. El desastre, la veterana caballería francesa aplastó a los lugareños que conocieron ese mismo día las mieles de una victoria y las hieles de una derrota. Aterrorizados, huyeron en desbandada, encabezados por Cuesta, que se cubrió de gloria ese día.

El camino estaba expedito para el enemigo sino fuera porque aún resistíamos nosotros. Las dos compañías de estudiantes, de enternecedora juventud. Con un cuajo impropio para nuestra edad sometimos a los asaltantes a un nutrido fuego de fusilería, arrastrando a los heridos y ocupando sus puestos en la línea. Sabiéndonos abandonados por nuestros compatriotas y a punto de ser devorados por la marea francesa, tuvimos que dejar el puente y huir.

Era el fin. Sin nada que la contuviera, el torrente francés atravesó el puente, arrojando al río a cuantos huídos encontraron, se hicieron rápidamente con el pueblo y, como colofón, apresaron un par de piezas de artillería, abandonadas intactas por sus servidores.

Y hasta aquí el combate. Los franceses habían rehecho la situación y no nos persiguieron, por lo que pudimos llegar hasta Medina de Ríoseco. La aventura se cobró un alto precio, dejamos atrás 400 bajas entre muertos en combate, ahogados, heridos y prisioneros. Por su parte los franceses hubieron de lamentar 50 muertos.

Valladolid y Santander fueron pronto ocupadas por la eficacia napoleónica. De lo que pasó en el pueblo me enteré después y vergüenza me da tener que contarlo, pero ya es tarde para callar habiendo llegado tan lejos en la historia y tan hondo en la jarra de vino, así que venga...

En vez de enterrar los cadáveres de sus vecinos, el pueblo se dedicó con diligencia al saqueo y a despojar a los muertos de armas y enseres, no se procedió al entierro hasta que la Sala del Crimen dio la orden el 17 de junio, cinco días después de los combates. No fueron tan laboriosos cavando tumbas como emulando a los buitres porque semanas después aún se encontraban cuerpos hinchados flotando en el río.

Ya sabe usted que la batalla tuvo poca importancia militar, pero la propaganda la utilizó con profusión, al considerarse el primer combate de Castilla contra el invasor. Se escribieron numerosos artículos en periódicos, editoriales, carteles y panfletos que inflamaron el deseo por combatir, por resistir, destacando los actos de pillaje y terror cometidos por los franceses y olvidando, muy oportunamente, los nuestros más dolorosos por ser propios.

Esa es la historia que me contó el antiguo estudiante. No es una transcripción porque cuando narraba la actuación de sus vecinos tras la batalla, se terminó de un trago el vino y el relato ya no era tan fluido. Y es que hubo batallas heróicas contra los franceses, pero la librada en el Pisuerga no fue una de ellas.

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  • Para que luego digan que los españoles no rendimos con el frío.
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