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13/01/2012

La batalla de Bailén, la primera derrota de Napoleón

La cara parecía que ardía bajo la lumbre que expulsaba el sol ese 19 de julio del año 1808. Muchos soldados franceses, al mando del general Dupont, se preguntaban cómo habían ido a parar sus pasos a esa sartén agostada. Llevaban peleando desde las tres de la mañana, habían agotado las reservas de agua y aún quedaba mucha mañana. Los sargentos azuzaban a las tropas con la voz ronca, atragantada con el polvo que lo cubría todo con su manto irreal. Las casas encaladas destacaban en la mañana. Tan cerca que parecía mentira que no estuvieran allí hace rato.

Rendición de Bailén

Rendición de Bailén

Antoine es el nombre del soldado al que vamos a tomarnos la libertad de coger prestados sus sentidos. Siente la garganta como lija. Despega la lengua del paladar con un chasquido audible. La marcha forzada del general Dupont lo situó a las tres de la mañana a la cabeza de la vanguardia francesa en las estribaciones de Bailén.

Participó en los primeros escarceos contra la Guardia Valona, en vanguardia de los españoles, combatiendo a la bayoneta en ciegos acuchillamientos. Allí vio caer a la cuarta parte de la brigada de caballería al mando del general Dupré. Los oyó caminar al paso y luego al trote al pasar cerca de él hasta toparse con una batería de cañones española con la que se cebaron sin percatarse de las cargas de los españoles que los ponían a la fuga con bajas atroces del 20 por ciento.

Nuestro soldado lamenta la pérdida de los compatriotas. Cínicamente divide las balas entre hombres y le sale más a recibir. Vanguardia del ejército napoleónico, buen sitio para recibir estopa. Desde las tres de la mañana avanzando y retrocediendo en escaramuzas confusas, distinguiendo a compañeros a gritos y juramentos.

La oscuridad remite con lentitud, son sobre las cinco y media de la mañana, calcula nuestro soldado. Oye órdenes recias y piafar de caballos, las baterías francesas de a 4 libras se están desplegando en la línea. Los proyectiles españoles zurrean por el aire, el sonido más grave y bronco, su alcance, superior, son piezas de a 8 y 12 libras, más poderosas, pero menos móviles que las francesas. Poco importa, piensa, los españoles no se van a mover. Resistirán con el pueblo a sus espaldas.

Previsiblemente, el duelo artillero concluye tras una hora de disparos con una victoria española. Cinco valiosas piezas francesas son desmontadas, con sus servidores muertos o heridos, en su mayoría.

Antoine se gira, distingue a lo lejos nubes de polvo procedentes del resto de la columna de marcha. Sabe que esos hombres no estarán disponibles durante un par de horas. Toca aguantar con lo que hay.

Las 6:30 y ya tiene calor. Sacude el chacó, toma un sorbo de su cantimplora. La raciona, no es la primera vez que sufre los rigores del calor español en campaña.

Gritos confusos, los sargentos escupiendo órdenes como violento restallar de látigo. Los hombres forman, codo con codo, en compactas columnas. Antonie es encajado en la segunda fila, tercera por la derecha. Cuenta cuatro columnas, 3.100 infantes. Sabe que son flanqueados, como es costumbre, por la caballería, una brigada en cada flanco.

Cuatro columnas de asalto fiándolo todo al poder de la masa. Antonie es consciente del poder psicológico de 3000 almas en perfecto orden, pero sabe que sólo las primeras filas pueden hacer fuego sobre las cabezas de sus compañeros. Poco importa, una columna avanza, no se para a recargar. Teme una carga de caballería, pero se tranquiliza al recordar que los flancos están guarnecidos por su propios jinetes. "Que sea suficiente", reza. Directos a la batería española, directos a las balas, granadas y metralla, derechos a la boca del lobo.

Se pasa la mano por la rasposa mejilla, su único consuelo es que cuanto antes acaben, menos posibilidades hay de que lleguen los refuerzos al tal Réding, el general sobre el que el general Castaños ha descargado el peso de la operación. Algo debe maliciarse el contrario por su parte, porque Antonie observa polvo al frente que se eleva derecho hacia el cielo.

De repente, rugir de voces. Desde su posición Antonie no puede ver con claridad, pero los enormes chacós son inconfundibles. ¡Cazadores de la guardia valona! unidades de élite del ejercito español, hombres escogidos de justa fama por su desempeño en el campo de batalla. Observa una segunda agrupación de tropas españoles, es el Regimiento de Órdenes Militares.

Antonie se sorprende al comprobar la pronta respuesta de sus compatriotas. Dupont ha enviado lo que le quedaba de la brigada del general Dupré, diezmada hace apenas una hora. No han tenido escaso tiempo para recuperarse y ya cargan de nuevo hacia la batalla. Un barranco se interpone entre ellos y el objetivo. Refrenan los caballos, recomponen la unidad, se reagrupan y dan un amplio rodeo. Mal asunto, los tiradores españoles tienen tiempo para disparar sus mosquetes. Las descargas se suceden en orden. Morder el cartucho, introducirlo en el cañón, reservándose un pellizco para la cazoleta del  arma, atacarlo con fuerza, llevarse el mosquete a la cara, disparar... y comenzar el ritual, sin ver nada através del humo de la pólvora, con los ojos rojos como ascuas, vidriosos. Los jinetes salvan el obstáculo, se reorganizan y cargan primero al trote y luego al galope contra las posiciones de los dos regimientos españoles. Las bajas son graves y los españoles huyen a refugiarse en posiciones bien guarnecidas.

Antonie no tiene tiempo ni de alegrarse; más movimiento en el flanco francés. La brigada de caballería del ala izquierda al mando del general Privé busca ahora desalojar a los españoles que andan atosigando y escaramucenado a los soldados fraceses de ese lado. Privé es un profesional y conoce su trabajo, busca cortar la retirada a los españoles, el miedo cunde entre ellos y huyen hacia la masa principal de la línea española. La carnicería es atroz, los franceses se abren paso a cuchilladas, todo el flanco izquierdo español está amenazado. Por fin la batería española gira y abre fuego con todo lo que tiene, los jinetes pican espuelas y se retiran.

Los gritos en las columnas se suceden, el avance les ha situado justo enfrente de las tres baterías españolas. Antonie ya sabe lo que viene, las balas de cañón cruzan el aire con un desgarro como de sábanas. El suelo retumba cuando caén, elevando un surtidor de tierra. Peor es cuando no hay ruido sino gritos de compatriotas cuando la bala deja un hueco en las filas; sangre y olor a orines y heces. Los suboficiales gritan y las filas se cierran, los dientes rechinan y siguen marchando.

Los civiles del pueblo prestan su ayuda, traen agua para los soldados y para refrescar las bocas al rojo de los cañones que pueden así seguir disparando. Hace tiempo que los franceses dejaron de hacerlo, por miedo a reventarlos. La cantimplora de Antonie está seca, son apenas las 8 de la mañana y el calor empieza a ser intolerable. Calcula las distancias, están a casi trescientos metros de las posiciones, son un blanco perfecto, ordenado para el fuego español.

En ese preciso instante se desata el verdadero infierno, al estruendo de las baterías se unen los cascos de los caballos. La caballería española carga con ímpetu contra los flancos de las cuatro columnas francesas. Antonie contempla atónito cómo entran como un cuchillo en las columnas vecinas, sin oposición, cortando piel y músculo y huesos. Antonie no es de los primeros en huir, pero tampoco de los últimos, con terror se abre paso a empellones hasta alcanzar un olivar cercano. Se tumba sobre los terrones ya calientes y contempla el espectáculo aterrador. Llegan compañeros, algún oficial y se organizan grupos de fortuna que comienzan a disparar contra la caballería española, con la poca disciplina que confiere la costumbre.

Los españoles se retiran, ahítos de sangre. Cuando vuelven en buen orden hacia la línea española son atacados por los restos de la caballería napoleónica que retorna una vez más a la carga, la persecución los lleva de otra vez contra las baterías españolas, sus servidores vuelven a vender caras sus vidas por segunda vez en lo que va de mañana. Los franceses se retiran con notables pérdidas.

Nuestro héroe respira a bocanadas cortas. Y no por primera vez intima con la idea de dejarse caer donde está, hacerse el muerto y que sea lo que Dios quiera. A lo mejor una paisana gruesa, de mejillas atezadas, se apiada de él, le presta unas ropas de paisano y consigue dejar de patearse Europa. A lo mejor.

Pide agua, pero las cantimploras están secas. El calor es grande a las 9.00 de la mañana. No sabe cuánto queda de batalla ni le importa. Solo tiene sed.

A esas horas debería haber llegado el resto de la columna de marcha francesa. Por lo que se murmura, las maniobras con esos refuerzos han resultado infructuosas y la caballería ha vuelto a cubrirse de gloria y sangre una vez más prestando sus servicios.

Ahora el calor aprieta de verdad. El calor no es lo de antes ni lo es la sed tampoco. Son pasadas las 10.00 y Dupont juega la carta que le queda. Un nuevo asalto al centro español. De nuevo órdenes como disparos, de nuevo puntapiés, empujones. De nuevo formados. Agotados, sedientos, abrasados, pero formados en las cuatro columnas de avance, menos numerosas que las originales. Las bajas son apreciables.

El avance es detenido por los españoles, descansados y bien provistos de agua que les es acarreada por mujeres y niños. Los cañones españoles rugiendo sin descanso y tras cada andanada, un cubo de agua por el cañón, para enfriarlo y volver a disparar. Antonie sigue avanzando y tropezando, los soldados caen a derecha e izquierda. De nuevo, retirada. Y de nuevo la caballería francesa que cubre la retirada al mando del general Dupré que se lanza con lo que le resta, con valor y sin resuello. El coste es terrible, un tercio de las escasas fuerzas y el propio general muerto.

Es el fin, Dupont está desesperado, todos lo saben. Teme que el general Castaños acuda con refuerzos. Decide jugarse el todo por el todo en un ataque desesperado. El tercero del día. Le quedan dos mil hombres y cien jinetes que divide y coloca en los flancos. En medio, los Marinos de la Guardia, 300 hombres que había mantenido en reserva. Lo mejor de lo mejor, altos, fuertes y valientes como la madre que los parió. Hasta Antonie se estremece al verlos formar.

Avanzan con un calor de 40º a la sombra y una lluvia de balas de cañón, mosquete y metralla. Las columnas franceses están tragando más plomo del que pueden digerir y titubean. Sólo la Guardia continua impasible bajo el fuego que les castiga, aprietan filas tras cada baja y siguen caminando.

De repente, el general Dupont vacila, se yergue en su montura y cae al suelo. Le han disparado en la cadera y está herido, pero todos lo creen muerto. Los fusileros franceses se retiran. Los Marinos hacen lo propio, no pueden quedarse aislados del contingente francés. Cincuenta pasos, cincuenta pasos más y habrían clavado las bayonetas en las gargantas de los artilleros. La metralla ha ocasionado pérdidas serias en los Marinos, pero se marchan en buen orden.

Ya no le queda al comandante francés alternativa alguna. Es la hora de las capitulaciones. Antes la Guardia, en una última muestra de su bravura y profesionalidad, envía una representación al general, suplican a Dupont que les permita encabezar un nuevo asalto. Conmovido, declina la solicitud. Es preferible rendirse.

La batalla de Bailén supuso la primera derrota en campo abierto del ejército Napoleónico. Aunque el general Castaños ostentaba el mando, la victoria es mérito de Réding, un oficial suizo. La importancia estratégica de la batalla poco importa, en muy poco tiempo la leyenda se impuso a la realidad y sirvió de inspiración y acicate. La retirada definitiva del ejercito de ocupación francés era ya inevitable.

Al comienzo de la batalla los franceses contaban con 21.130 soldados (incluidos los Marinos de la Guardia), 3.300 jinetes y 24 cañones. Las pérdidas fueron de 2.200 muertos,  400 heridos y 17.635 prisioneros. Entre los muertos destaca el general Dupré, comandante de la Brigada de Cazadores que protagonizó las cargas desesperadas de caballería.

Los españoles contaban al comienzo de los combates con 27,110 soldados y milicia, 2.660 jinetes y 25 cañones (todos superiores en calibre que los franceses). Las bajas fueron de 243 muertos y 735 heridos.

Aquí podríamos poner punto y final al relato, pero quedaría incompleto sin conocer la suerte que corrió nuestro testigo Antonie. Sobrevivió a ese terrible día sin más heridas que el rasguño en la mejilla. Tras las capitulaciones fue trasladado junto con un contingente de soldados regulares y Marinos a isla de la Cabrera en un buque prisión. Murió de privaciones y enfermedades sin haber podido ser testigo del último acto heroico de los Marinos. Asaltaron un barco que transportaba alimentos desde Mallorca a la isla y un puñado pudo reunirse, al final, con los suyos.

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