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28/02/2012

Héroes congelados en el Lago Ilmen

La memoria acerca de la batalla conocida como “La acción del Lago Ilmen” se marchita en los recodos de la historia, comenzó a olvidarse justo después de suceder.  La protagonizaron un puñado de españoles destacados en el peor sector del  peor teatro bélico de la peor de las guerras. Corre el año 1942, el 7 de enero el ejército ruso cercó y diezmó a seis divisiones de la wehrmacht alemana al sur del lago Ilmen. Un solitario batallón, aislado en Vsvad, ha solicitado ayuda desesperadamente. Corresponde prestar auxilio a la División Azul que domina el norte del lago.

Españoles en IlmenEl capitán José Manuel Ordás Rodríguez encabeza la penosa marcha. Los 206 hombres de la compañía de esquiadores de la División Azul parten a cumplir unas órdenes suicidas. Deben prestar auxilio a la guarnición alemana acantonada en Vsvad. El único camino posible atraviesa en diagonal el lago Ilmen. Los guías comprueban la temperatura, 56º bajo cero. Les separan 30 Km. en línea recta. Serán muchos más.


El viento barre la superficie congelada del lago, amontonando nieve en los ventisqueros que obliga a constantes cambios de dirección, deben sortear una sucesión de barreras que les desgastan y desalientan.  El agua, sometida a la inclemente presión del clima invernal, se ha abierto en grietas ocultas por la nieve. Las distancias lo son todo y nada en un desierto sin referencias.

La columna de marcha se detiene un momento para recuperar el resuello. El capitán Ordás abre con dificultad la cantimplora. Bebe un sorbo de coñá que le hierve en los labios. Con un gesto invita a su segundo, el teniente Otero de Arce que sonríe agradecido . Con dificultad extiende los mapas para comprobar el rumbo, pero la grasa de la tapa de las brújulas se ha congelado, dejándolas inservibles. Cae la noche.

Un crujido presagia desastre. El capitán se gira, encogido. Otro trineo se pierde al caer por una de las grietas celadas. Los relinchos de los caballos se apagan rápidamente. Las condiciones de marcha en la oscuridad se vuelven atroces. El frío arrecia, como lo hace también el viento. La nieve cubre hasta el vientre, hasta el pecho. La muerte visita a los más débiles, a los fuertes les deja su tarjeta en forma de graves congelaciones.

Tras 26 horas de tortura, llegan a la orilla opuesta del lago, pero descubren que los constantes cambios de rumbo y la desorientación les han desviado 15 Km. al oeste de su destino. El capitán decide ponerse en contacto con una de las radios que ha resistido la congelación que ha estropeado al resto. El informe al general Muñoz Grandes es conciso, desapasionado: “Después de atravesar seis grandes barreras de hielo, grietas con agua a la cintura, hemos llegado a Ustrika. A causa del frí­o, Radio y brújulas averiadas. Tenemos 102 congelados, de ellos 18 graví­simos. En las simas del Lago hemos perdido algunos trineos.

La respuesta de Muñoz Grandes no se hace esperar: "Sé de vuestro esfuerzo durante la penosí­sima marcha que habeis realizado. La guarnición alemana sigue defendiéndose valientemente y hay que socorrerla cueste lo que cueste aunque queden todos los nuestros sobre el hielo. Con los que te queden, con muy pocos, tu solo si es preciso, seguid adelante. O se les salva o se muere con ellos".

Las penalidades se recrudecen en su avance hacia el pueblo sitiado. Sufren ataques de la aviación rusa, de tanques, de la infantería. Llegando incluso a distancia de bayoneta. El cerco a Vsdad es total, la posición amiga más próxima es la aldea de Maloye Utschno, a 18 Km. en manos de españoles. El 18 de enero, a las 7:30 un feroz ataque ruso barre la aldea. La posición ha dejado de existir como baluarte efectivo. Se improvisa una columna de rescate que se apresta a socorrer a los compatriotas, si queda alguno vivo. El grupo lo componen ocho españoles y un grupo de alemanes que rápidamente se rezagan. No parecen tener las prisas que se clavan en las piernas de los españoles y les hacen abandonar las precauciones, por fin llegan a las estribaciones del pueblo. “¡Quién va!”, “Españoles, somos españoles”. Abrazos. Resisten cinco españoles y un letón.

La dureza de los combates se torna insoportable, los rusos toman posiciones y protagonizan un vigoroso ataque contra la resistencia que ofrecen diversos grupos de fortuna. El frío ha congelado el cerrojo de las armas, los termómetros marcan 58º bajo cero, un puñado de voluntarios españoles se ofrece para destruir el empuje de los carros enemigos, únicamente con cócteles molotov; el avance es repelido. Cae la noche, siempre la noche; sin poder ofrecer oposición son bombardeados tres veces, sin descanso, ovillados en los pozos de tirador esperan el amanecer.

Amanece otro día, uno más. Es el 21 de enero. La noche, por una vez, les sirve de refugio y avanzan sobre el objetivo de Vsvad cogiendo desprevenidos a los rusos que no esperaban un ataque por la retaguardia. La guarnición alemana está a salvo, corren a abrazar a sus rescatadores. La misión se ha cumplido pero la Compañía ha dejado de existir como unidad de combate.

Muñoz Grandes recibe el último de una larga sucesión de partes, sobreviven doce valientes, el resto ha dejado sus vidas en el lago, en las aldeas, en los caminos, en aquel páramo helado de nombres olvidados.

Por esta actuación la Compañí­a de Esquiadores sería prolijamente condecorada, recibiendo la Medalla Militar colectiva y su comandante, el capitán Ordás, la individual. Los alemanes reconocieron el valor de los esquiadores españoles y les concedieron además 32 Cruces de Hierro.

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Comentarios (1)

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  • Para que luego digan que los españoles no rendimos con el frío.
    Por Kiko

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  • "Simplemente por escribir aquello que me hubiera gustado poder leer."; muy buena.
    Por Fernando Sacasa

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