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19/01/2012

Blas de Lezo, el marino que surgía de entre la niebla

Paseando por Londres podemos disfrutar del barrio de Portobelo y admirar en la magnífica Abadía de Westminster la tumba del Almirante Edward Vernon. Otro héroe, casi olvidado en las lindes de la historia, podría reclamar tales honores para sí. Y es que toda gesta palidece ante sus hazañas.

Blas de LezoBlas de Lezo y Olavarrieta nació en Pasajes el 3 de febrero de 1689, en el seno de una importante familia con ilustres antepasados. Se trasladó a Francia a recibir educación hasta el año 1701. El rey Luis XIV había dispuesto que debía aumentar el intercambio de oficiales y conocimiento entre las armadas española y francesa. Se embarcara con apenas doce años como guardiamariana al servicio de Luis Alejandro de Borbón, conde de Tolouse.

Los primeros años del Siglo XVIII contemplaron en España el final decadente de una dinastía secular. Carlos II fue el último de los austrias. Sucesivos matrimonios endogámicos en la familia real dieron como resultado un fruto incapaz y estéril. Intereses encontrados condujeron a Europa a una guerra inevitable, la Guerra de Sucesión, Austria, apoyada por Inglaterra, se enfrenta a España y Francia.

Navegando por la costa, frente a Vélez-Málaga, se produce la que será la batalla naval más importante del conflicto. Un Blas de 15 años, a bordo del Foudroyant, se bate de forma admirable, destacando entre todos por su frialdad y temple. En tal grado poseía tan tempranamente esas virtudes que habiendo una bala de cañón destrozado su pierna izquierda, permanece en su puesto, demostrando arrojo y coraje. Las condiciones médicas en los buques eran horrendas, colocan al joven sobre una mesa pegajosa de sangre y orina y el cirujano le corta la pierna por debajo de la rodilla. Blas no profiere ni un grito tan solo un largo suspiro por todo lamento. Su excepcional desempeño y enorme valor no pasaron desapercibidos y es ascendido a Alférez de Bajel de Bajo Bordo por Luis XIV y se le ofrece ser asistente de cámara de la corte de Felipe V.

Lezo necesitó una larga recuperación para reestablecerse de sus heridas. La corte no le satisfacía, y en 1705, deseoso por echarse a la mar, embarca de nuevo. Aprovisiona las asediadas Peñíscola y Palermo, hostiga al comercio Genovés y se enfrenta al orgullo de la flota británica, el Resolution, que se rinde ante Lezo. Son constantes las presas y victorias contra los ingleses mientras patrulla el Mediterráneo, haciendo gala siempre de una bravura extrema.

En 1706, se le requiere con urgencia para que socorra a la sitiada Barcelona. Sorprende a los ingleses una y otra vez, entrando y saliendo del cerco. Prende paja húmeda para que el espeso humo le sirva de pantalla para sus operaciones mientras se cuela siempre por los huecos más inesperados. Improvisa munición con cascotes y metralla fina que incendia los mástiles y aparejos del enemigo.

El duque de Saboya ataca Tolón y los servicios de Blas de Lezo son de nuevo requeridos. Se distingue combatiendo desde la fortaleza de Santa Catalina en dura pugna contra los saboyanos. Se libra por poco del impacto de una bala de cañón, pero una esquirla al impactar esta contra un muro lo hiere en el ojo izquierdo y pierde la vista en ese lado. Es ascendido a Teniente de Guardacostas.

Combate contra el Stanhope

Combate contra el Stanhope.

Blas de Lezo no rehuía el combate con buques de dimensiones y armamento superiores. Sabedor de que no podía entablar con ellos combate artillero, se vale de su valor y de la osadía de sus hombres para maniobrar inteligentemente y situarse a distancia de abordaje. Una vez anclados los garfios todo se fía al valor y al terror de una batalla cuerpo a cuerpo. De esta manera, en 1710, al mando de una fragata logra apresar a once navíos ingleses, incluido el Stanhope, una espléndida nave que lo triplicaba en tamaño. Incapaz de hurtarse al combate, Lezo es de nuevo herido. Alcanza el grado de Capitán de fragata.

Ya era Capitán de Navío en 1713, cuando se inició uno de los últimos y más reñidos episodios de la Guerra de Sucesión: el sitio de Barcelona, que duraría hasta el 11 de septiembre de 1714. Allí, Lezo perdió el brazo derecho. La situación se vuelve desesperada durante el combate y decide quemar parte de su escuadra para poder huir enmedio de la humareda. Blas tiene 25 años y es tuerto, cojo y manco.

Restablecido de sus heridas, en 1715, al mando del Nuestra Señora de Begoña avanza con una flota a reconquistar Mallorca que se rinde sin ofrecer resistencia.

En 1720 se le encomienda la misión de participar en la limpieza de piratas y corsarios en el Caribe. Su desempeño es excelente. Le falta una pierna, pero cuenta con otra de madera, un solo brazo útil, perfecto para señalar objetivos y un solo ojo, dispuesto para apuntar con precisión. Sus carencias le hacen merecedor del apodo de mediohombre, mezcla de irreverencia y respeto por la parte de sí que se dejó en combate. En 1723, es ascendido a General de Armada y es puesto al mando de la escuadra española en los Mares del Sur.

Tiene tiempo Blas para hacer la guerra en tierra y el 5 de mayo de 1725 se casa con Doña Josefa Pacheco de Bustos, en Lima, Perú. Una año más tarde tienen un hijo al que dan el nombre de Blas.

Se viven tiempos turbios en las posesiones españolas de ultramar, el Virrey Eslava pretende favorecer a familiares, Blas se opone a tal grado de nepotismo. El Virrey desarma la escuadra y niega la paga a Lezo. Profundamente desanimado, Blas pide el retiro.

Blas de Lezo regresa a Cádiz en 1730 y es convenientemente resarcido, gracias a la intervención del Ministro de la Marina, José Patiño, que sabe de su valía. Es nombrado jefe de la Escuadra del Mediterráneo y sus pagas puestas al día.

Un año más tarde, sobreponiéndose a sus carencias físicas, participa situándose siempre en primera línea al mando de la expedición militar hacia la perdida ciudad de Orán, que es finalmente reconquistada. Con desprecio absoluto por su vida inicia una intrépida persecución contra el buque capitán del pirata Bay Hassan que se refugia en la Bahía de Mostagán, muy bien guarnecida por 4.000 hombres y dos castillos. Lezo entra a sangre y fuego contra las defensas enemigas y hunde la nave del pirata. El Rey Felipe V lo asciende a Teniente General de la Armada, en 1734. Orán seguirá siendo española hasta que pasado un siglo caiga en manos fracesas.

España lucha a la desesperada por mantener su dominio en el Caribe, pero su posición se debilita poco a poco. Inglaterra hostiga sus buques y posesiones siempre que se presenta la ocasión. Así las cosas, en 1739 estalla violentamente la llamada Guerra de la Oreja de Jenkins.

El pirata Robert Jenkins fue apresado por el capitán español Julio León Fandiño mientras capitaneaba el buque Rebecca, en 1731. En represalia se le corta una oreja mientras Fandiño le dice "Ve y dile a tu rey que lo mismo le haré si a lo mismo se atreve". El caso no tuvo mucho alcance ni repercusión hasta que la la prensa lo magnificó y entonces creció como una bola de nieve. Es la excusa perfecta  para declarar la guerra abierta y hacerse con el control del Caribe.

Los ingleses pretenden ejecutar un osado golpe de mano para abrirse paso por el vientre blando del imperio. Cartagena de Indias, la "llave del Imperio". Los británicos, al mando del Almirante Vernon, se dirigen hacia allí tras tomar Portobelo, en Panamá.

Lezo está al mando de la plaza desde 1737 y se duele por carta de las ambiciones inglesas, "Si hubiera estado yo en Portobelo, no hubiera su Merced insultado impunemente las plazas del Rey mi Señor, porque el ánimo que faltó a los de Portobelo me hubiera sobrado para contener su cobardía".

Vernon comanda la mayor armada que el mundo verá hasta la flota que atacó Normandía en la Segunda Guerra Mundial, son 2.000 cañones en 186 barcos y 23.600 combatientes. Por su parte, Cartagena contaba con 3.000 hombres entre soldados regulares, milicianos y 600 indios con flechas, además de seis navíos de guerra. Y Blas de Lezo, naturalmente, al mando de todo ello.

Tan seguros estaban los ingleses de su victoria que habían ya acuñado monedas conmemorativas.  Los ingleses cañonearon durante 67 días la ciudad, 62 disparos por hora de media, ocho barcos permanentemente batiendo las posiciones españolas. Para contrarrestar tal despliege, Lezo situó su exigua flota a la entrada del puerto, para sumar su artillería a la de la ciudad, situó rampas bajo los cañones para aumentar su alcance y mandó fabricar balas encadenadas destinadas a desarbolar los buques enemigos para dejarlos ingobernables. Dispuso sacos de arena en las parte débiles de la fortaleza de manera que los impactos no deshacieran las piedras en lluvia de temibles esquirlas. La ciudad desfallecía de sueño, pero resistía.

Monedas conmemorativas

Monedas conmemorativas de la "victoria" inglesa.

Ante el inevitable asalto por tierra, las tropas españolas se repliegan de los puntos indefendibles, engañan a los ingleses y los someten a fuego cruzado de fusilería en los puntos dispuestos a tal fin, las fortalezas y las trincheras inteligentemente excavadas, cumplen su cometido. Los ingleses sufren al subir por las laderas bajo el sol inclemente que los agota y desmoraliza, solicitan refuerzos, calan bayonetas y asaltan las posiciones defensivas. Las tropas españolas se baten brillantemente, pero reculan inevitable ante el empuje británico. Blas de Lezo se juega la última carga y ordena a las dotaciones artilleras, 300 hombres que carguen. Los ingleses son cogidos en el momento exacto y el efecto es aplastante. El enemigo huye y es persguido cuesta abajo. El desánimo se contagia y las tropas inglesas se baten en retirada. La victoria cae de lado español que firma una gloriosa gesta de armas. Vernon, mientras se retira, le grita al viento "¡Maldito seas, Lezo!". En respuesta, Blas escribe "Para venir a Cartagena es necesario que el rey de Inglaterra construya otra escuadra mayor, porque ésta sólo ha quedado para conducir carbón de Irlanda a Londres, lo cual les hubiera sido mejor que emprender una conquista que no pueden conseguir."

La estrategia de Lezo fue impecable, buscó el desgaste de los asaltantes abandonando las posiciones que se volvían indefendibles y provocando todas las bajas posibles desde posiciones emboscadas. Cada día que los ingleses pasaban en esas tierras, eran diezmados por las enfermedades. Los españoles, con agua potable y aclimatados ya al entorno, estaban mejor adaptados.

Blas de Lezo nunca perdió un combate. Vencío en veintidós batallas navales, se dejó un ojo, una pierna y un brazo. Fue un héroe merecedor de los más altos honores. Sin embargo, Felipe V, el loco, el indigno rey que pretendía subirse a los lomos de los caballos de los tapices que adornaban su palacio, lo destituyó a petición del virrey Eslava, el hombre al que Lezo impidió favorecer a sus familiares.

Lezo murió deshonrado, pobre, con 53 años, sin el favor de su patria que ni honró ni ya recuerda sus méritos. El mayor héroe de la Historia Naval permanece orillado en las lindes de la historia, ignorado por sus compatriotas.

Los ingleses, sus enemigos, a los que humilló en tantas ocasiones, se descubrieron ante su genio. Le apodaron "el marino que surgía de entre la niebla".

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