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19/01/2012

Lope de Aguirre, la ira de Dios

Lope de AguirreHay unas pocas vidas que solo se comprenden si se narran desde su muerte. La de Lope de Aguirre es una de ellas. De manera que podríamos decir que todo comienza cuando muere arcabuceado por sus hombres y descuartizado y devorado por los perros poco después. Su cabeza exhibida en una caja de acero en la plaza de Tocuyo, para aleccionar a la concurrencia. Derrumbados hasta los cimientos las casas en las que moró. Los campos de labranza que cultivó, roturados y sembrados con sal.

¿Qué vida debe un hombre haber llevado para encontrarse, tras la última esquina, con una muerte así? No una vida ejemplar, nos tememos...

Lope de Aguirre nació en 1510 en el seno de una familia de ciertos posibles, pero no rica, en el Oñate (que se integraría finalmente a la provincia de Guipuzcoa en 1845) en aquel entonces perteneciente a la Corona de Castilla, siendo ésta gobernada por el regente Fernando II de Aragón, por la inhabilitación de su hija Juana, tras la muerte de su marido, Felipe el Hermoso.

Tenía un hermano mayor por lo que siendo segundón no le correspondía herencia. El futuro no era prometedor para un joven inquieto y ambicioso: la iglesia o buscar fortuna en las Américas. Circulaban por Oñate las aventuras de Hernán Cortés y de otros conquistadores que empeñaban la vida por la bolsa y a menudo morían sin la una ni la otra. Con estos mimbres se traslada a Sevilla donde ejerce diversos oficios. Pronto de ánimo, la cabeza le bullía en una de las ciudades más pobladas del mundo. Ansioso por ganar honra y oro, en 1534, con apenas veinticuatro años, embarca hacia América.

Perdemos la pista a nuestro héroe durante unos años, figura en algunos documentos guardados en el Archivo de Indias, bien sofocando rebeliones, bien protagonizándolas, tomando partido en pendencias de uno y otro sino, según quién cortara la tajada más gruesa. Participa en la Batalla de Chupas, a favor de los realistas, comandados por Cristobal Vaca de Castro y contra los "almagristas" al mando de Diego de Almagro el Mozo, o en las guerras civiles del Perú.

Lope de Aguirre tenía buena memoria y era rencoroso y vengativo. No está claro lo que le sucedió en Potosí , pero se contaba que cierto juez lo mandó azotar por violar algunas leyes relativas a la protección de los indios. Por más que Aguirre protestó, su testimonio no fue tenido en cuenta. Hombre puntilloso en asuntos de honra, con el orgullo herido Lope camina descalzo durante tres años y cuatro meses durante los que recorrió 6.000 kilómetros, hasta que una noche asesina al juez cuando éste había abandonado su cargo. Es condenado a muerte y huye disfrazado de negro, refugiándose en Tucumán.

Participa en la sublevación en Charcas (La Plata) de Sebastián de Castilla quien ordena la muerte del corregidor, Pedro de Hinojosa, el 6 de marzo de 1553. Los elegidos para cometer tal infamia son Melchor Verdugo y Lope de Aguirre, los más peligrosos secuaces del cabecilla. Pedro de Hinojosa es asesinado mientras se aliviaba en los corrales de su casa. Alonso de Alvarado es el encargado de sofocar la rebelión y Lope de Aguirre es indultado a cambio de que se integre en el bando realista y ayude a sofocar una nueva rebelión, la de Francisco Hernández Girón.

Las demoninadas "Guerras civiles entre los conquistadores del Perú" no son muy provechosas para Lope de Aguirre. Obtiene de ellas graves heridas de arcabuz, la pérdida del uso del pie derecho y la mano izquierda, una hija mestiza de nombre Elvira y un nuevo apelativo. Comienza a ser conocido como "Aguirre, el loco".

A Lope de Aguirre le acomodaba el apelativo, era magro de carnes, pómulos y cuencas marcados por comer poco y descuidadamente debido a que le faltaban las muelas de arriba. Era impaciente y perdía interés por las conversaciones rápidamente. Cultivaba un pronto feroz que le hacía ser respetado incluso por hombres más corpulentos y tan peligrosos como los que menudeaban por las Indias. Inestable, procuraban sus compañeros no contrariarle. Solo lo apaciguaba su hija por la que sentía un profundo amor no disimulado.

Después de esos tiempos tan agitados, el III Virrey de Perú, Andrés Hurtado de Mendoza se encuentra con un buen número de soldados desocupados, de manera que organiza una nueva expedición que cumpliría el doble fin de desembarazarse de un contigente incómodo y la de hallar el mítico El Dorado.

El Dorado no era un lugar físico, era un hombre. Un hombre que mandaba sobre una tierra tan rica que se decía que por las mañanas se cubría con aceite y se espolvoreaba con oro puro, dándole un aspecto de estatura dorada. De oro tan macizo como las ofrendas que lanzaban anualmente al lago, decían los testigos que desde que tal costumbre se implantó había subido su nivel varios metros.

Ese es el objetivo de la expedición capitaneada por Pedro de Ursúa. Manda los 300 soldados, bergantines e indios que la componen. Problemas de dineros dificultan la puesta en marcha de la recluta y de la intendencia. Afines le sugieren que se libre de algunos sujetos pendencieros, entre los que destaca siempre en las enumeraciones, Lope. Ursúa se resiste, afirma que quien más mal ha hecho, mejor tendrá que hacer para ser perdonado y que a lo peor, mejor pueden desempeñarse en combate los malos que los buenos.

Tras muchos padecimientos y retrasos, la expedición parte por fin el 26 de septiembre de 1560 del puerto de Santa Cruz de Saposoa. Acompañan a Aguirre su hija Elvira y un ama.

Se pierden hombres y barcos, el desánimo comienza a cundir entre la tropa. Destacamentos de avanzadilla mueren de hambre y sed, de calor o muertos por los indios. Muchos piden el regreso al Perú, extenuados y aprensivos, temerosos de la mala suerte. El comandante, descuidando los asuntos de servicio, dedica su tiempo a yacer con su bella amante, Inés de Atienza, a la que trajo de Trujillo. Los soldados creen que Pedro está encantado, hechizado por su belleza mestiza. Supersticiosos, se hacen cruces y hablan en susurros. La melancolía de su jefe los confunde, lo responsabilizan del mal fario de la expedición. Dirigidos por Lope de Aguirre, se conjuran y acaban con su vida. A instancias de Aguirre redactan una carta que envían a Felipe II, exponiendo los motivos de sus actos, firmándola uno por uno. Él lo hace como el "traidor". Las protestas se suceden, pero él las acalla argumentando que traidores y rebeldes lo son todos al haber acabado con un comandante al servicio de su rey.

Lope navega con la espada, el morrión y la coraza, aguantando el calor insoportable del día, soportando con todo ello también los rigores de la noche, que poco alivio daban y unían los mosquitos al padecimiento. Incluso se produce quemaduras cuando el brazo o la mano tocan al descuido el metal candente.

Sus hombres murmuran a sus espaldas, tomándolo por loco, desconfiando. Atento a todo, Lope de Aguirre teje una tupida red de espías e informadores gracias a la cual sofoca violentamente una rebelión que maduraba. Acaba con todos los participantes, los sospechosos y los que no contaban con su favor. Llegando a matar a Fernando de Guzman, su segundo, y a Inés de Atienza (la amante de Ursúa), a la que despreciaba.

Al poco, redactacta otra carta que actúa de antorcha para quemar el último puente en su rebelión contra la Corona de España. Llega a declarar la guerra a Felipe II, esta carta la firma como "el peregrino". Decide abandonar la búsqueda de El Dorado y avanzar hacia el Perú y otros territorios.

Siembra el terror a su paso, conquistando la ciudad de Valencia, en Venezuela, pero su posición es cada vez más inestable, sus hombres a los que apoda "los marañones" por el río Marañón, como era también conocido el Amazonas, cada vez desconfían más. No se separa de la espada nunca, duerme menos aún de sus leves tres horas habituales, sospecha cada vez de más hombres, a los que asesina. La Corona, molesta al conocer las noticias de las tropelías que se suceden, promete el perdón para los hombres que le abandonen. Los soldados se amotinan.

Es el fin, sin apoyo, vencido, pero sin rendirse en Barquisimeto es rodeado. Con frialdad asesina a su único amor, a su propia hija, porque, se justifica, "alguien a quien quiero tanto no debería llegar a acostarse con personas ruines". De nada ya hace cuentas, su vida está perdida y sólo pretende llevarse con él a los que pueda. Alcanza a matar a varios hombres que intentaban prenderlo. Finalmente, dos soldados lo encañonan con arcabuces, el primer disparo le roza, pero no llega a matarlo. Aguirre se burla y rie, herido. El segundo disparo lo alcanza de lleno, matándolo en el acto.

Quizá Lope de Aguirre represente la esencia exacerbada del contradictorio carácter español. Arrogante, cruel, valiente, temerario. El supremo valor es el honor, a él todo lo fía y no vengar afrentas es una afrenta en sí misma. Un hombre que asesinó cruelmente a no menos de 72 personas, sin distinción de raza, religión o sexo. Pero también un hombre bravo que declaró la guerra al imperio hegemónico de la época. Que protagonizó un prodigioso viaje a sangre y fuego, sembrado de terror las regiones por las que pasaba, pero también un hombre que concedió la igualdad a negros e indios.

Así fue la muerte y la vida de Lope de Aguirre, el traidor, el peregrino. La ira de Dios.

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Lope

10/01/2012


Menuda perlita el colega!!!

Comentario escrito por: Master

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